Monday, September 27, 2021
Inicio Industria y oportunidad. El cannabis en Ecuador.

Industria y oportunidad. El cannabis en Ecuador.

Los primeros pasos hacia un mercado emergente

La industria del cannabis no es sencilla, pero promete. Está atravesada por temas sociales, terapéuticos y de salud pública, científicos, productivos, legales e, incluso, cierta moralidad, producto del desconocimiento y el estigma que tiene la planta, debido a uno de sus miles de usos: el consumo recreativo de marihuana. Pero el cannabis es mucho más que eso.

En países asiáticos las bondades medicinales y productivas del cannabis se han aprovechado hace milenios. En este lado del mundo, los primeros pasos los dieron Uruguay y Canadá. En 2014, Estados Unidos legalizó el cultivo de una variedad de cannabis no psicoactivo llamada cáñamo. Cuatro años más tarde se autorizó su producción y consumo a nivel federal. Así, nació una industria.

En los próximos años, varios países de América Latina se sumaron. Según estima la consultora Euromonitor International, en 2018, la industria del cáñamo generó 12 mil millones de dólares a nivel mundial. Si los cálculos son correctos, la industria crecerá un 1383 % en los próximos años.

Ecuador también ha visto una oportunidad en ese mercado emergente, pero necesita un marco legal y regulatorio coherente. Las reformas al Código Orgánico Integral Penal (COIP), que entraron en vigencia el 21 de junio de 2020, permiten la producción de cannabis no psicoactivo con fines medicinales e industriales. Las regulaciones de cultivo fueron emitidas por el Ministerio de Agricultura y Ganadería (MAG) en octubre.

Asociaciones, emprendedores, activistas y expertos miran con interés esa industria, en la que existe un mercado informal que opera hace más de 10 años.

Pero antes… hablemos con propiedad.

Una planta polémica y generosa

Omar Vacas es un biólogo conservacionista e investigador, que se ha dedicado al estudio de las plantas medicinales en Ecuador, entre ellas, el cannabis. Para explicar su complejidad, Vacas la compara con una moneda. En una cara están sus muchas propiedades medicinales, en la otra, sus efectos narcóticos o psicoactivos.

En el mundo hay unas 300.000 variedades de plantas y en Ecuador, si se considera solo las plantas medicinales, cerca de 3.000. “Las propiedades del cannabis mejoran con la combinación de otras plantas (y en Ecuador tenemos muchas) y ayuda a tratar más enfermedades”, explica Vacas. Además, están sus miles de usos en la industria cosmética, alimenticia, de fibras, bioplásticos y biocombustibles, en la construcción, entre otros.

Omar Vacas, biólogo conservacionista e investigador

THC, el compuesto principal del cannabis

Al igual que otros miembros del reino vegetal, el cannabis tiene varios compuestos activos. Vacas considera que unos 700, entre ellos, cerca de 100 cannabinoides: los más conocidos son el THC, CBD, CBG y THCV.

El componente principal, y más polémico, del cannabis es el THC (delta-9-tetrahidrocannabinol), una sustancia que, al pasar por un proceso de descarboxilación (altas temperaturas), cambia del estado ácido o neutro en el que se encuentra en la planta, tiene aplicaciones terapéuticas y, según el contexto y la concentración con la que se use (consumo recreativo o lúdico) actúa en el sistema nervioso, altera la percepción y el estado de ánimo.

Existen variedades de cannabis que pueden alcanzar porcentajes mayores al 20% de THC, esas son las que generalmente se conocen como marihuana —en algunos países llaman así tanto a la planta como a la mezcla de hojas y flores de cannabis que produce un efecto narcótico.

Con las reformas al COIP, el cannabis para fines medicinales e industriales se despenalizó en Ecuador, pero solo las variedades que tienen menos del 1% de THC, es decir, las que no producen un efecto psicoactivo. A esas variedades se las conoce también como cáñamo. Aunque —hay que decirlo— a nivel internacional hay ambigüedades en cuanto a las denominaciones de la planta, lo que contribuye a confusiones. El presidente de la Asociación Ecuatoriana de Industrias de Cannabis, Asecanna, y socio de la firma CorralRosales, Felipe Samaniego Vélez, está de acuerdo con eso, y agrega: “los estadounidenses (por ejemplo) regulan el hemp (o cáñamo), con un porcentaje de 0,3 % de THC, y todo lo que está por arriba es cannabis y a lo psicoactivo lo conocen como marihuana”. Eso puede variar en distintos países y regiones, como en el caso de la legislación ecuatoriana y varios países de América Latina, en donde se ha establecido un límite de menos del 1 % de THC.

Todo empezó en Asia central

Aunque es difícil saber a ciencia cierta el lugar exacto donde se originó el cannabis, existe consenso en que fue en Asia central, cerca del macizo de Altái, en la región donde convergen Siberia, Mongolia y Kazajistán. Ya se cultivaba en la antigua Mesopotamia 4000 años antes de Cristo, según registros históricos. Junto con el opio, fue la primera planta medicinal que descubrió el ser humano.

Los primeros registros de la utilización de su fibra corresponden a China, Afganistán y la India.

Ya sea por sus propiedades medicinales, su fibra o por sus efectos narcóticos, el cannabis se utilizó hasta el siglo XIX y una parte del XX, cuando fue catalogado como estupefaciente y quedó restringido únicamente para fines médicos y científicos. Sus demás usos fueron considerados ilegales, y empezó el estigma.

Procesos educativos para eliminar el estigma

“El consumo recreativo de marihuana está mal visto en Ecuador y en todos lados”, reconoce Andrés Rodríguez, un comunicador e investigador social que ha estudiado la acción colectiva, los ciberactivismos y, como parte de su investigación doctoral en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, a las organizaciones pro cannabis en el país. Pero la estigmatización no es solo para los usos recreativos, sino para la planta completa, incluso para sus aplicaciones terapéuticas y derivados. “Existen registros de detenciones por llevar aceites o derivados de CBD (el segundo compuesto principal del cannabis —ver infografía—, que ni siquiera está en la regulación)”, comenta Rodríguez.

Por eso, el investigador habla de tres procesos necesarios en tanto al cannabis: legalización, despenalización y descriminalización. Con las reformas al COIP y su correcta aplicación, el cannabis no psicoactivo, para usos médicos e industriales, cumpliría con los dos primeros. Descriminalizar, dice Rodríguez, es un concepto más amplio, que no implica únicamente el ámbito legal, sino también procesos educativos que contribuyan a eliminar el estigma que tienen varios sectores de la sociedad respecto a la planta.

En Ecuador, según Rodríguez, existen más de 40 organizaciones pro cannabis, cada una con su propia estructura y propuestas. Entre sus principales demandas están la despenalización de todas las variedades de la planta, independientemente del porcentaje de THC, reducir las detenciones ilegítimas —la ley estipula una tenencia permitida menor a 10 gramos y que no esté destinada al tráfico— y poder obtener personería jurídica, es decir, ser reconocidas como organizaciones con derechos y obligaciones, con o sin fines de lucro, para ser parte de la industria del cannabis no psicoactivo. Sin embargo, dice Rodríguez, desde el Estado existe una posición a “no escuchar” a estas organizaciones.

En el país, no obstante, ya existe una industria informal que produce sobre todo derivados terapéuticos y cosméticos con cannabis, los cuales se encuentran con facilidad en internet y las redes sociales.

¿Qué va a pasar con el sector informal?, ¿es posible regularizarlo?, ¿formará parte de la industria reconocida por el Estado o empezará una ‘cacería de brujas’? son preguntas que se formulan Omar Vacas y Andrés Rodríguez. Para el presidente de la Asociación Ecuatoriana de Industrias de Cannabis y experto en temas regulatorios, Felipe Samaniego, ahí radica uno de los retos que tiene el Estado, por cuanto resalta la necesidad de que se regularicen sus productos y, de ser el caso, sus cultivos, con el fin de que todos los involucrados en esta industria puedan competir en las mismas condiciones.

Andrés Rodríguez, comunicador e investigador social

Próxima entrega: Las necesidades de una industria