lunes, noviembre 29, 2021

Un libro de Troya

POR: José Albuja Chaves

En el primer trimestre del año 1898 se produce un acontecimiento, no tan usual para la época, cuando un ilustre médico nacido en Ibarra, edita y da a luz una obra que Benvenuto, seudónimo de algún notable quiteño posiblemente, expresa en las páginas  de la “Revista de Quito”, vol. I, núm. II, marzo 16 de 1898, que “constituye un libro importantísimo a juicio de personas competentes, y algo más que útil en toda librería doméstica, que suplirá con mucha ventaja en el Ecuador a los manuales caseros y a los prontuarios médicos al alcance del pueblo”.

En Madrid, el 28 de julio de 1898, el Dr. Luis Vega-Rey, en la edición española número 77 de “Le Monde Médical” manifiesta que “con satisfacción declaramos que en la obra del Dr. Troya,  se transparentan una abundancia  de conocimientos médicos y un sentido clínico que le honran altamente, al cual felicitamos y tenemos el honor de invitar a que en breve presente nuevos frutos de su inteligencia, plácemes, que muy gustosos le otorgaremos”.

El libro de Troya que lleva por título “Vocabulario de Medicina Doméstica” tuvo gran acogida en nuestro país, y fuera de él, hasta agotarse  en corto tiempo, asunto que obligó al autor a echar su segunda edición que se concreta  en 1906, en Friburgo de Brisgovia, Alemania, con el subtítulo de “Terapéutica popular al alcance de todos”.

Nacido en Ibarra un 16 de octubre de 1850 en Caranqui, parroquia rural de Ibarra en aquellos tiempos, José María Troya, hermano del afamado Rafael Troya, se convirtió en uno de los más lúcidos y aprovechados estudiantes universitarios de Quito, y luego devino en un destacado médico y profesor que honró a la cátedra universitaria y al foro médico ecuatoriano.

El doctor Troya bajó a la tumba en Quito el 22 de julio de 1923 a los 83 años de edad, “después de haber sembrado el bien y difundido las sabias enseñanzas de su saber. La patria perdió con su desaparición a uno de su preclaros hijos, la sociedad a un leal ciudadano”, nos dice José Montero Carrión, en su pobra  “Maestros de Ayer y de Hoy” en 1962.

¿Y los ibarreños qué dicen?

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