Lula y lo imposible

Jorge Oviedo Rueda

Brasil es la nación más grande de América Latina, pero es también la que registra los más altos índices de pobreza. Sacar de la pobreza a treinta millones de personas es una hazaña. Lula es el santo de este milagro. Nadie lo puede negar.

El PT ganó las elecciones. Cuando llegó al poder gobernó con esa filosofía reformista de quitarle un bocado a las clases dominantes. El mérito de líderes como Lula, Cristina o Correa es haberle hecho comprender a gritos a la oligarquía que un bocado menos en su banquete no significa revolución. Si sacamos a unos cuantos de la pobreza reforzamos el sistema y aliviamos la presión social, dicen. Me parece que en la trama de corrupción en el Brasil Lula no es inocente. Los tentáculos de Odebrecht son muy largos y poderosos, pero más allá de un departamento a su favor está el hecho comprobado de que la política económica de Lula se hizo a favor de las grandes corporaciones capitalistas. En más de una década de gobierno del PT se fortaleció el capitalismo. Eso, en un líder que dice representar las aspiraciones de un pueblo paupérrimo, se llama traición y corrupción.

Ahora la derecha cavernícola del Brasil y los intereses del capitalismo mundial no quieren el estorbo de un advenedizo en su mesa. Ya todo lo tienen asegurado, porque hasta el comandante general del ejército ha roto su neutralidad para advertir que Lula debe ir preso. Lula ya está preso, pero los tabiques de la cárcel no resistirán la presión popular. El poder económico se verá obligado, otra vez, a aceptar en su mesa a un obrero, éste les tranquilizará diciendo que, para que nada cambie, tienen que aceptar ceder otro bocado de su pastel. Así es como el “progresismo” latinoamericano refuerza la brutal maquinaria de la explotación capitalista.

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