Tareas pendientes

La Batalla de Pichincha fue la culminación de un proceso iniciado más de cincuenta años antes, cuando el pueblo quiteño (ecuatoriano de hoy) tomó conciencia de sus peculiaridades y de sus diferencias con los otros del Imperio Español; en esa misma época percibió la necesidad de lograr un gobierno por lo menos autónomo, elegido por ese mismo pueblo, sujeto a control y alternativo. El camino recorrido estuvo lleno de dificultades.

La Batalla de Pichincha también fue el inicio de otro proceso: el de la construcción institucional de este país. Este segundo proceso no ha terminado, quedan todavía tareas pendientes, tal vez la prioritaria sea el convencernos de que somos un solo país, con un solo Estado, con las mismas leyes e instituciones, aunque reconozcamos las enriquecedoras diferencias culturales.

Las amargas experiencias sufridas tanto en la disminución del patrimonio territorial como en el fracaso en la búsqueda de la prosperidad de todos se han debido a la falta de unidad: los grupos oligárquicos regionales, los partidos políticos, los dirigentes sectoriales, defendieron sus intereses aun a costa de los nacionales; prefirieron el desastre nacional antes que renunciar a sus beneficios.

Otra tarea pendiente es la reconstrucción de la autoestima nacional: los precursores de la Independencia y sus actores originales valoraban muchísimo su pertenencia a este país, conociendo sus limitaciones se sabían capaces de vencer dificultades y alcanzar sus metas. Con el paso del tiempo, tal vez por la influencia de ciertos líderes de opinión, nos dejamos llevar por el prurito de que todo lo extranjero es mejor, desde las mentalidades hasta la forma de hablar; se da el caso anómalo de que nos negamos a ser y parecer nosotros mismos. Recibimos sin beneficio de inventario críticas a nuestras costumbres y consejos para mejorarlas lanzados desde alturas de soberbia, incomprensión e ignorancia.

Al iniciar una nueva centuria de vida republicana deberíamos repensarnos a nosotros mismos, abandonar el ubicuo canibalismo y el complejo de insuficiencia para romper las cadenas de la pobreza. Y, naturalmente, volver a guardar los Diez Mandamientos.