Qué hacemos

Estamos confinados en nuestras casas, obligados a ser originales con lo que hacemos, en días muy largos para unos y para otros cargados de tareas para las cuales no estábamos preparados, pues rompen una rutina que teníamos en la actividad cotidiana. La bondad de esta situación, en medio del dolor e incertidumbre, es que está ayudando a plantearnos muchas preguntas sobre el futuro que nos espera. ¿Qué hacemos? ¿Pensar la vida humana de otra manera? ¿Cómo terminará esta situación desconcertante?

La pan-demia nos obliga a estar unidos, a tener en cuenta más al otro, a comunicarnos para darnos aliento; a plantearnos una relación triangulada entre nosotros y un dios común a todos. Frente a esa necesidad de vivir unidos para poder salir de la tragedia ya no importa la creencia particular que tengamos, ni religión ni cultura que nos separen.

La pan-demia nos ha permitido redescubrir la clave del mayor amor que podemos tener los humanos: el que nos hace capaces de dar la vida por el amigo. Y, felizmente, se ha despertado el sentimiento teantrópico de que amigos podemos ser todos. Nos lo están demostrando los profesionales de la salud, de la policía, fuerzas del orden y tantos otros.

La pan-demia nos despierta el sentir y la mirada espiritual a lo que nuestro Maestro y Hermano Jesucristo asegura para momentos como este: que ha recibido de nuestro Padre la promesa de enviar al Espíritu Santo; que, si le escuchamos con el oído interior que todos tenemos, seremos capaces de visualizar el futuro que necesitamos como humanidad transformada. No seamos insensatos y tardos de corazón para creer en este mensaje de amor, unidad, de un futuro promisorio de una humanidad distinta.

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