Arquitectos del saqueo

Daniel Marquez Soares

Muchos de los políticos que encendieron las peores guerras y genocidios jamás mataron a nadie personalmente. Los grandes orquestadores del narcotráfico no se manchan las manos en las masacres y asesinatos que componen el día a día de su negocio. Los accionistas de las principales fábricas de armas del mundo no emplean sus invenciones para quitar vidas, como lo hacen los clientes de los que lucran. Así es, los arquitectos de los sistemas más inmorales se limitan a disfrutar de los abundantes frutos sin tomar parte de las sucias tareas de cultivo. Y suelen creer, sinceramente, que son inocentes.

El libro “Corrupción en la década encubierta”, publicado hace unos días por la Comisión Nacional Anticorrupción, ofrece una clara y concisa reseña de cómo el régimen de Rafael Correa levantó un sistema jurídico y político que facilitó el saqueo de lo público. Con reformas de la Contraloría, las leyes de contratación pública y los sistemas de elección de autoridades de control, el gobierno de la Revolución Ciudadana levantó un sistema que multiplicaba exponencialmente las posibilidades de corromperse y reducía casi a cero las de ser pillado.

El resultado fue previsible. Varios funcionarios y autoridades, personas corrientes sin vocación de santos masoquistas, se corrompieron. Luego, al ver el grado de impunidad, ese comportamiento se multiplicó. No pasó mucho antes de que, como suele suceder en esos escenarios, el sistema se ajustara a los corruptos y fueran los honestos quienes tenían que cuidarse las espaldas.

Hoy vamos con antorchas buscando a los corruptos, pero los principales culpables no son los saqueadores de los recientes años de bonanza y crisis. Los verdaderos autores del desastre son todos los “refundadores del país” de los primeros años de la Revolución Ciudadana: los cómplices de la aberración de Montecristi y los abnegados asambleístas, funcionarios y planificadores del furor reformista de los primeros años del correísmo. Esos fueron los bien pagados y mimados arquitectos del sistema saqueador. Resulta nauseabundo ver cómo tantos de ellos aún participan en la política o, peor aún, osan opinar de la corrupción de sus excolegas o de los errores de su antiguo jefe.

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