Solo yo sé

NOV, 21, 2018 | 00:10 - Por DANIEL MARQUEZ SOAREZ

Daniel Marquez Soares

Durante siglos, lo que hoy es Ecuador fue un territorio pobre, severamente aislado del mundo y muy poco poblado. Era un país que producía poco y, por ende, intercambiaba poco. Las barreras geográficas y la inmensa distancia que lo separaba de las zonas más pobladas del mundo hacían que el contacto con el exterior fuera mínimo. Todo esto propició, por mucho tiempo, una escasez generalizada que no se restringía apenas a los bienes materiales, sino también a las ideas; poco se hacía y poco llegaba. Una biblioteca modesta con cierto hábito de lectura, o algún viaje esporádico hacia tierras más prósperas, bastaba para elevar a un ciudadano muy por encima, en conocimiento y amplitud de miras, del resto de sus compatriotas.

Lo anterior, sumado a la visión de la propia cultura como algo “descubierto” y civilizado desde afuera, contribuyó a que el conocimiento fuese percibido siempre como un producto exclusivo, mesiánico, indiscutible. El saber no era el producto resultante de un proceso interno de investigación, reflexión y debate, sino un refinado lujo importado, traído por aquellos pocos que habían tenido la posibilidad de comprarlo o de salir a buscarlo, y por esos extranjeros gentiles que habían tenido la bondad de venir a este fin de mundo a alumbrarnos. La persona educada era un ser iluminado, un civilizador dueño de verdades irrefutables.

Esa visión errónea continúa aún entre nosotros. Por eso, leer o escuchar a los intelectuales nacionales contemporáneos resulta tantas veces insoportable. Creen que solo ellos saben.

Adoptan la pose condescendiente del iluminado, como si estuvieran lidiando con un público de completos ignorantes. Ocultan fuentes, plagian, olvidan que mucho de lo que repiten ya es de sobra conocido por todos y no esperan, ni toleran, ni una mínima réplica.

Ecuador ha cambiado mucho. Ya hay internet, televisión por cable y abundantes librerías con un amplio catálogo de traducciones veloces y productos asequibles. Viajar al extranjero se ha vuelto factible y común. Ya no es el país ignorante y sumiso a la búsqueda de iluminados. Es necesario entender eso, que uno no es el único educado ni viajado, para que el debate local cobre vida y el desarrollo de ideas propias sea posible.


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