Millonarios expiatorios

SEP, 13, 2017 | 00:05 - Por DANIEL MARQUEZ SOAREZ

Nos gusta creer que el dinero es invencible. Ese argumento nos permite, cómodos y fatalistas, cobijarnos en nuestra falta de recursos, echar la culpa a los ricos y dormir con la tranquilidad que da la resignación. Pero es una verdad a medias. Es cierto que un ser humano rico en su apogeo es más poderoso que uno necesitado, pero eso no significa que sea imbatible. Creer eso implica dejar fuera al depredador natural de los ricos: el Estado.


La historia está llena de monarcas que emplearon a hombres poderosísimos y prósperos, que se creían intocables, como receptores de un castigo ejemplar. Desde los orígenes de lo que hoy llamamos civilización hasta la actualidad, da igual si entre los antiguos fenicios, en el Occidente de la Revolución Industrial o en la Rusia de Putin, pocas cosas le recuerdan al pueblo el poder del Estado mejor que escarmentar a un rico.


Es un escarnio placentero para la masa. Al final de cuentas, con el paso de los años y las generaciones, algunas dinastías pudientes adoptan un comportamiento primario y abusivo. Verlas encarceladas, ejecutadas o exiliadas, con sus riquezas confiscadas, le devuelve al ciudadano corriente cierta fe en una supuesta justicia, terrenal o divina. Así mismo, la economía, aliviada, suele florecer luego del hundimiento de sujetos tan nocivos.


No obstante, la historia demuestra que hay que ser muy cuidadoso antes de optar por emplear a ricos como chivos expiatorios. A veces, cumplen alguna función esencial en la sociedad y encontrar un reemplazo, entre la burocracia o la gente común, no es tan fácil, dada  la complejidad de la tarea. Otras, resulta que la falta de escrúpulos no era culpa de ellos, sino de la actividad misma o del sistema, ya que todos los sucesores terminan actuando de igual manera.


Peor aún es cuando los ciudadanos perciben que no hay una magistral maquinación estatal contra los ricos, sino una brutal disputa por el botín entre políticos que reduce hasta a los millonarios a daño colateral. Necesitamos el chivo expiatorio adecuado, pero también carniceros con autoridad moral.


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