Sepelios, velorios y chigualos, guardan tradiciones ancestrales

NOVENA. Una de las costumbres de las familias esmeraldeñas, era colocar un altar en forma de escalera con la foto del difunto, adornado de flores.

La población esmeraldeña tiene costumbres para aquel momento doloroso en donde pierden a un familiar o ser querido, y se diferencian, en relación a niños y adultos.  

Las tradiciones que durante años se han preservado en torno a los sepelios y velorios, depende de las familias, debido a que cada una conserva sus propios ritos, pero quienes conocen sobre este tema, también indican que existen ciertas costumbres que se han perdido con el pasar del tiempo.

Según Amado Tobar, el día del velorio se tiene la costumbre de realizar tres rezos durante la noche, y los siguientes nueve días, los cuales se desarrollaban en la casa del difunto, estos rezos se hacen con la finalidad de que se perdonen los pecados de la persona que falleció y para aceptar la voluntad de Dios.

En el noveno día en medio de una mesa se coloca la foto del difunto, así como arreglos florales, y una escalera, la cual representa la llegada al cielo. Respecto a los sepelios indica que también se entierran a las personas con alegría, unos lo hacen con rezos y otros con cantos.

Tradición

Para acompañar los velorios se suele brindar café, un caldo de gallina o un canelazo, un pan con queso o chocolate, o una comida dependiendo de las condiciones en que se encuentre cada familia para compartir con sus seres queridos.

Pero Tobar también hace énfasis en la pérdida de la tradición de los alabaos, pues dice que son cánticos de los antepasados, que se realizaban con amor y tristeza, por lo que le cantaban al difunto durante toda la noche, con letras que compartían el dolor de las familias y amigos.

Según Lindberg Valencia y grupo “La Canoita”, en el libro Costumbres y Tradiciones Esmeraldeñas, los alabaos son cantos a capella en los que no se utiliza ningún instrumento, solo la voz humana. Son lamentos que se glosan ante la muerte de un adulto, y las voces de las cantoras solitas se van armonizando, dando entonaciones fúnebres y creando un ambiente de dolor.

Por otra parte, Mercedes Velasco León, se refiere a los Chigualos, cuenta que se hacía este evento para los niños, los angelitos que habían muerto, lo cual se observaba con mayor frecuencia en el campo, por lo que afirma que no era una costumbre nata de todas las personas.

Chigualos

Para Lindberg Valencia los Chigualos son cantos a capella, sin ningún instrumento, pero poniendo poesías de amorfino o décimas.

También indica que tanto a niños como a adultos se los enterraban en las tierras, y que con el pasar del tiempo empezaron a colocar los cuerpos en bóvedas, pero señala que esto también depende de la situación económica de cada familia.

Cree que día a día se van perdiendo las costumbres, debido a que el tiempo mismo lo permite, por lo que la persona se adapta a lo que puede conseguir, porque es muy doloroso ver que una persona no tiene medios para enterrar a su familiar.

Para la gestora cultural de música esmeraldeña, Petita Palma Piñeiros, durante la muerte de un niño se lo chigualea, a las 12 de la noche cogen una sábana blanca, la colocan en el suelo y al niño ahí, el padrino, la madrina, el papá y la mamá sostienen cada una de las puntas de la sábana.

Recuerda que durante los cantos de los chigualos no se usaba bombo, cununo, ni guasá, solo se empleaba una guitarra, y las mujeres bailaban en medio de este evento. Además, indica que en los velorios de los adultos en la mesa se colocaban cuatro velas.

Pero con un tono, en el que se denota tristeza dice que ahora ya no se realizan los cantos de chigualos o alabaos, que lo que observa es personas bebiendo, pero nada de estos cantos que les dejaron sus ancestros.

“No queremos perder nuestras tradiciones, nuestras costumbres, que nos enseñaron los viejos”.

Petita Palma Piñeiros, gestora cultural
Petita Palma Piñeiros,
gestora cultural

“Es importante conservar estas tradiciones porque forman parte de nuestra identidad cultural”

Amado Tobar
Amado Tobar