Humoristas y bromistas

Pablo Escandón Montenegro

¿De qué se arrepienten? ¿Por qué se incomodan? Si el guion de la película es el mismo, solo que con actores diferentes. Solo la segunda parte de El Quijote es excelente, para lo demás, se repite el cliché de que nunca segundas partes fueron buenas.

Son las mismas bromas, son los mismos comentarios en tono de ironía y sarcasmo, proferidos por actores distintos: el uno con más verborrea y el otro con pausas. Pero ambos con el mismo libreto de no entender nada más que lo que quieren comprender y ver.

Muchos de los que ahora se sonrojan por las declaraciones del presidente, rieron y festejaron con sus pésimos chistes cuando fue vicepresidente; se sentían orgullosos porque el hombre siguió adelante a pesar de su fatalidad, gracias al humor, y que por ello hasta lo encumbraron como experto en esos temas, el “coach” que equilibraba a su binomio.

Nunca sacó una sonrisa que no fuera pactada, que no tuviera interés político. No es Raspadura ni aquellos héroes de los chistes de la ‘Hora sabrosa’, que se pueden escuchar en Internet, cuando nacía Radio Tarqui.

Es un mal “patiño” de una dupla de cómicos que viven bromeando con el país. La broma es fácil y no requiere sino viveza. El humorista concibe historias complejas desde una estética. Estos chistosos son como los infaltables asistentes a las reuniones que sabemos que están solo para hacer dos chistes incorrectos para justificar la comida y la bebida.

Son paracaidistas que quieren mostrarse simpáticos para que siempre los inviten. Es su forma de ganarse el espacio, con sus bromas fáciles y la pena de que no puedan ser invitados por sus méritos intelectuales, profesionales o sociales. El país necesita de humoristas, que critican y reflexionan, no a chistositos que bromean en las ocasiones menos oportunas.

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