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Escritoras que marcan un nuevo camino

ABR, 30, 2019 |

‘THRILLER’. ‘Mandíbula’, de Mónica Ojeda, relata el secuestro de una joven por su maestra.
CUENTOS. ‘Pelea de Gallos’, de María Fernanda Ampuero, reúne crudas historias de violencia.
NOVELA. ‘Poso Wells’, de Gabriela Alemán, se ambienta en un Guayaquil oscuro y tenebroso.
PERIODISMO. ‘Volcánica. Crónicas desde un país en erupción’ es el trabajo galardonado de Sabrina Duque.

El universo lector tiene la mirada puesta en las narradoras ecuatorianas. La inclusión de obras de Mónica Ojeda y María Fernanda Ampuero en las listas de los mejores libros del año pasado en España y EE.UU marca un hito en las letras nacionales, no solo por ser las primeras ecuatorianas en alcanzar tal visibilidad mediática en el ámbito literario, sino también porque su éxito viene acompañado del despertar de una curiosidad lectora más igualitaria, que de a poco va eliminando los estigmas que encasillan a la literatura ‘escrita por mujeres’. 

“Lo que están logrando las nuevas narradoras ecuatorianas no tiene precedentes. (…) Con ellas la literatura ecuatoriana entra en el mapa internacional”, dice Jorge Carrión en su artículo ‘Las escritoras ecuatorianas hacen historia’, publicado el pasado domingo en el New York Times. 

En efecto, la nueva generación de escritoras cambia el rumbo de la historia de un país donde las mujeres no constaban en las antologías, no eran conferencistas en las Ferias del Libro ni emisarias de la cultura y el arte nacional. 
 

Reconocimiento tardío
Hay un silencio terrible sobre la figura de autoras que hace más de una década ya destacaban en los catálogos internacionales, como es el caso de Gabriela Alemán, la primera mujer ecuatoriana que apareció en 2007 en la lista del Hay Festival, como uno de los autores menores de 39 años más importantes de América Latina.

En 2017, la reedición en inglés de su libro ‘Poso Wells’ (2007) fue elegida por la American Booksellers Association como uno de los 10 mejores libros de debut de autores adultos. En Ecuador, se lo ignoró durante una década. 

Sucede algo similar con Solange Rodríguez, quien, con más de 20 años de trayectoria académica en las letras y habiendo publicado casi una decena de libros de ficción, apenas empieza a sonar en boca de los críticos nacionales, a pesar de los varios galardones que recibió su obra en el pasado. 

Su último libro de cuentos, ‘La primera vez que vi un fantasma’, salió bajo el sello de la editorial española Candaya, misma que publica la obra de Ojeda. Solo una vez dentro del círculo de autores que publican fuera, su nombre llegó a las librerías de Quito. 

La poca atención que se les da a las autoras en los medios de comunicación locales es otro problema. Es el caso de la cronista Sabrina Duque, ganadora de la beca Michael Jacobs de la Fundación para el Nuevo Periodismo Iberoamericano, el más importante reconocimiento de la región al periodismo narrativo. No obstante, su mérito no acaparó la atención de los medios oficiales. 
 

Nuevos lectores y percepciones
Kevin Wright y Mónica Varea, grandes libreros y lectores, son testigos del creciente interés hacia las narradoras nacionales, a partir de que su obra se haya ‘validado’ a través de medios extranjeros.  

“Gabriela pasó muy desapercibida por la crítica nacional, que tampoco les dio mucho espacio a estas nuevas autoras (Ojeda y Ampuero), hasta que empezaron a ganar reconocimiento fuera”, sostiene Wright, y añade que, en los medios de comunicación locales, el problema literario no se limita al ámbito femenino:  

“A los medios les interesa muy poco la producción local. Si tienes una situación mediática a la que no le interesa la literatura ecuatoriana, obviamente la de minorías va a pasar aún más desapercibida”.

Varea, por su parte, cree que el reconocimiento no viene tanto de la crítica como de “la novelería y las redes sociales”: 

“En todo caso, no importa el motivo, lo importante es que estas escritoras lo están haciendo bien, son muy talentosas y son profetas en su tierra”, afirma.
Ambos coinciden en que, en promedio, el consumo de literatura ha aumentado en el país: “La nueva generación de ecuatorianos está leyendo más -dice Wright, quien no considera que este cambio responda a una tendencia pasajera- Tenemos un público más abierto a ese tipo de producción”. 

En su artículo, Carrión pone énfasis en la lucha feminista como el impulsor de un medio más justo en la premiación, publicación y difusión de obras literarias.  Wright resalta que esto no significa que sus textos respondan a una moda política: “No son escritoras de panfleto, estas autoras están haciendo literatura, narración, hablando de lugares muy íntimos, personales, están en búsqueda de una voz narrativa”.

Una de las constantes en la obra de las autoras mencionadas, (incluyendo a otras grandes como Daniela Alcívar y Sandra Araya) es la violencia, explorada desde diversas perspectivas como el horror, el realismo y lo fantástico. “La buena literatura siempre va a denunciar los males del mundo, y los niveles de violencia del mundo actual son espeluznantes”, dice Varea. 

“Hay como una legitimación cómplice por parte de las autoridades en todos nuestros países, por eso estas voces valientes son absolutamente necesarias. No se puede callar y si puedes decirlo con la maestría que lo hacen estas escritoras, solo nos toca leerlas y aplaudirlas de pie”. (AA)

FRASE

Excelentes escritoras han sido desde hace mucho tiempo, pero no hay política estatal en la cultura, o es incipiente” Mónica Varea, librera.

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