Y entonces, ¿todo se vale?

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    Aquello de “todo se vale” posiblemente sea una lectura de los tiempos. Eso no significa que haya ganado la tolerancia y que reine una razonable diversidad. El asunto, me temo, es que asistimos a la caducidad de los valores y a la abolición de los linderos. Y ocurre que, sin linderos, no tenemos capacidad de discernir, ni podemos distinguir lo legítimo de los ilegitimo. No sabemos desde dónde y hasta dónde van los derechos y dónde se originan los abusos.

    Como no existen certezas que impongan pautas, disciplinas íntimas, lo que progresa son los intereses con su dictadura de cálculos. Con la extinción de la vergüenza, reina el cinismo y la audacia.

    Todo es válido. Allí está el origen de la generalizada sensación de incertidumbre. Los valores son las brújulas de la vida, establece ideales, marcan comportamientos. Son asideros, boyas para nadar. Entonces, la libertad vale mucho, porque el asunto está en la capacidad de elegir, en la posibilidad de arriesgar, incluso se vale equivocarse. Y en sentido de responsabilidad. Pero si todo o casi todo es “lícito”, la aventura de elegir desaparece: todo es bueno y, por tanto, la elección es irrelevante; y, finalmente da lo mismo.

    El proceso de legitimarlo todo está vaciando los comportamientos, y va transformado la vida en entretenimiento. Como alguien decía, ya no vivimos la “sociedad ética”, ahora estamos sumergidos en la “sociedad estética”, al del maquillaje, la imagen, y el impacto, de la apariencia y las máscaras. La verdad es que lo fatuo impera sobre lo razonable, y que ha inaugurado el reino de lo frívolo.

    El “todo vale” llegó con el concepto de que solo tenemos derechos, llegó con el disfraz de una conquista, de una liberación. Las “camisas de fuerza” del pasado desaparecieron, los límites de abolieron, los caprichos crecieron y se multiplicaron, y los deberes se derogaron. La familia quedó entre antigüedades, el honor entre los prejuicios, la caballerosidad caducó y la lealtad parece en algunos un disparate pasado de “moda”. Legamos así al “mundo feliz” con su angustioso vacío y su ausencia de compromisos para llenar la resaca, con la agenda repleta de vanidad, con la cultura transformada en consumo, con la gente amurallada en sí misma. El “todo vale” nos dejó inermes.

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    GABRIEL QUIÑÓNEZ DÍAZ