Votar por el desorden

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    Entre promesas de campaña, es fácil olvidar que todos seguimos siendo siervos de la Constitución de Montecristi. Este domingo elegiremos jugadores de un equipo y otro, pero la cancha, el árbitro y las reglas del juego siguen siendo las que en 2008 fueron paridas por la soberbia, la saña, el hambre atrasada y los complejos culturales de un grupo de neófitos que jugaban a constructores de naciones. Servir bajo el ‘espíritu de Montecristi’ implica no solo ser obsecuente con ese experimento irresponsable, sino alimentar aún más a un monstruo insostenible cuyo desplome, cuanto más se lo postergue, más brutal y destructivo será. Lo correcto ahora es votar contra la gobernabilidad, por el desorden, por las necesarias convulsiones finales de una bestia burocrática agónica que jamás debió haber nacido y que pronto suplicará el tiro de gracia de una nueva Asamblea Constituyente.

    El país y el mundo han cambiado a una velocidad vertiginosa desde 2008. En ese entonces aún creíamos que el principal problema era la “partidocracia” y que bastaba con purgar a la clase política profesional para volvernos la Suiza de los Andes. Éramos un país con una composición demográfica más joven y menos urbana, por ende, menos educado, más impulsivo y osado. Había dinero y parecía que el boom petrolero nunca acabaría. La burocracia y la fuerza pública todavía toleraban privaciones y no se había producido aún el adoctrinamiento marxista masivo por medio del sistema educativo. Apenas había teléfonos inteligentes y los migrantes ecuatorianos aún pensaban en regresar. Venezuela era rica y Chile, un ejemplo; Estados Unidos, la potencia indiscutible, y Asia, apenas una conjetura. Nadie imaginaba que las nuevas tecnologías se extenderían tan rápido.

    Una buena Constitución no depende de los caprichos electorales de las masas displicentes, sino del equilibrio de fuerzas reales de la sociedad, con sus armas, su capital, su prestigio y su confiabilidad. Solo ese nuevo acuerdo permitirá que quienes habitan hoy esta tierra perduren y prosperen sin tener que abandonarla. Los países no son lo que quieren ser, sino lo que pueden ser, y no hay forma, nunca hubo, de ‘garantizar’ las irresponsables promesas de Montecristi.