Un Presidente demócrata

    Por Giuseppe Cabrera

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    Se está hablando poco del explosivo cóctel democrático que recibirá el próximo gobierno. En una democracia sana y madura, sería de aplaudir tener más contrapesos en el legislativo, en la nuestra no, es de temor.

    El próximo presidente, sea este Arauz o Lasso, no tendrá mayoría en la Asamblea Nacional que se posesiona el 14 de mayo; este, es el escenario más propicio para el gran estadista demócrata, capaz de negociar políticamente, sin que esta negociación pase por el reparto de hospitales o el hombre del maletín, sino que se dé en torno a agendas nacionales que hagan coincidir a las nuevas tendencias ideológicas presentes en la Asamblea.

    Los medios juegan un papel fundamental, si los relatos empiezan a ser contados con una falsa moral, que impida encontrarse con el correísmo o el lassismo en agendas comunes, el transfugismo y flibusterismo serán el pan de diario de una Asamblea que necesita consensos entre todas las fuerzas políticas, que tienen legitimidad popular para estar en el legislativo y que es lo único que importa en verdad.

    Nuestro mayor temor y reservas debería ser el que nos toque un Presidente poco democrático, que se rinda al primer proyecto de ley bloqueado o juicio político a sus ministros y que, ante el primer tropezón o barrera, decida rendirse y convocar la tan infame figura de la muerte cruzada. Del otro lado, ya hemos vivido Congresos golpistas como el de Bucaram o Gutiérrez, que han jugado alrededor de sus oscuros intereses más allá de que existan o no, los justificativos legales e institucionales para desplazar y posesionar Presidentes de forma aleatoria.

    Hoy, el modelo constitucional y político gira en torno al pacto social de la Constitución de 2008, que teniendo deficiencias que provocan el hiperpresidencialismo, como los vetos total y parcial o la muerte cruzada, también tiene el mayor desarrollo dogmático de derechos, como la incorporación de los derechos de la naturaleza o el cambio del amparo constitucional a la acción de protección. Por eso, sí es imperativo defender esta constitución, porque la correlación de fuerzas y el bloque hegemónico no permiten pensar en un proceso igual de virtuoso que el de Montecristi.