Un día con como estudiante en clases virtuales

“Nosotros el otro año no teníamos internet, nos tocaba ir a un ‘cyber’ a pedir que nos ayuden”.

Son cerca de las 06:00 al oeste de Ambato, el viento golpea fuerte produciendo un silbido en el ambiente. A pesar de que el sol aparece, el frío es abrumador.

“Ya levántense, es hora”, grita la madre de Micaela y Daniela de 8 y 10 años.

Hasta marzo de 2020, ellas preparaban el desayuno para la familia y se alistaban para salir a la escuelita de su comunidad. Sin embargo, desde hace más de un año esta permanece cerrada debido a la pandemia.

“Es muy complicado para nosotros, no es como en la ciudad que tienen todo, aquí tenemos que seguir trabajando para producir alimentos”.

Las niñas aseguran que extrañan las labores escolares.

En las primeras horas de la mañana, la rutina no ha variado mucho, las dos hermanas hacen el desayuno mientras sus padres labran la tierra antes de salir al trabajo como jornaleros lejos de la comunidad.

Montañas, pastizales verdes y una infinidad de animales, son los que acompañan a las pequeñas luego del desayuno.

La más pequeña es Micaela, tiene que entrar a las clases virtuales a las 08:00, le pide a su hermana Daniela que la acompañe a una colina que está a pocos metros de su casa donde si hay señal del teléfono, pues durante un año ha experimentado que el internet no funciona dentro de la casa.

Las pequeñas toman un par de libros, unos juguetes y salen a la clase virtual. Pero no siempre es así, a veces sus padres no ponen saldo en el teléfono que ocupan las dos.

“Ahorita aprenden así, solas, presentando lo que buenamente se puede, espero que cuando vuelva todo a la normalidad se puedan igualar porque no creo que aprendan mucho”.

Realidad

“Yo hago las tareas porque mi maestra me las manda por el teléfono”, asegura Micaela y dice que hoy si pudo saludar a su maestra, “al menos la escuché porque siempre se corta”.

En la colina Micaela y Daniela juegan, esperando que sean las 10:00. A esa hora es el turno de Daniela para ocupar el celular.

La pequeña de 10 años, esta vez, no tuvo tanta suerte, a media clase el teléfono no dio más y se apagó. Pero la niña, ya no se asusta, dice que no es la primera vez que pasa. “Nosotros el otro año no teníamos internet, nos tocaba ir a un cyber a pedir que nos ayuden”, cuenta Daniela.

Ahora Micaela y Daniela regresan a casa, esperan la hora del almuerzo para calentar la comida que preparó su madre en la pequeña cocina con piso de tierra y paredes de bloque cruzado.

Almuerzan, juegan un rato, se divierten, pero extrañan el poder compartir con más niños de su edad, aunque también le temen al virus, pues un tío falleció a causa de la pandemia.

Micaela y Daniela, dejan de hacer sus tareas, para ocuparse de la comida de los cuyes y conejos, esperarán que sean las 17:00 para sentarse en la mesa con sus padres quienes quizá les ayudarán en algo.

“No puedo escoger entre quedarme con mi hijo para que entre a las clases o salir a trabajar para traerle la comida”.

“Es muy complicado para nosotros, no es como en la ciudad que tienen todo, aquí tenemos que seguir trabajando para producir alimentos”, relata Blanca Punina, madre de las niñas.

La mujer dice que el año pasado la incertidumbre era muy fuerte y todos los días tenía que acudir a una librería en el centro poblado para que le ayuden descargando los documentos que le envían de tareas a sus hijas.

Luego pudo comprar un celular no muy caro, pero al menos ahora recibe los mensajes de la profesora, así pudo saber que es lo que tiene que hacer y cumplir con la entrega de portafolios.

A pesar de las circunstancias, los padres aseguran que ellos quieren que sus hijas estudien, sin embargo, la paciencia se acaba y los ánimos  desvanecen. “Ahorita aprenden así, solas, presentando lo que buenamente se puede, espero que cuando vuelva todo a la normalidad se puedan igualar porque no creo que aprendan mucho”, comenta la madre.

Como a Micaela y Daniela hay decenas de estudiantes, no solo del sector rural si no también de la ciudad que pasan por circunstancias similares.

Este es el caso de Joel de 7 años, quien se queda solo en casa de una tía mientras sus padres salen a trabajar.

Es hiperactivo, quiere aprender, pero simplemente no tiene quien le ayude. “No puedo escoger entre quedarme con mi hijo para que entre a las clases o salir a trabajar para traerle la comida”, dijo su madre.

 

Un problema mundial

Esta realidad se vive en diferentes países del mundo y de acuerdo con un estudio elaborado por el Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), el 22% de alumnos no cuenta con acceso a internet en Ecuador, además, solo 2 de cada 10 estudiantes tiene un dispositivo propio para recibir clases en línea.

Ante los resultados que arrojó la encuesta, Unicef sugiere que las escuelas analicen opciones para reabrir sus puertas a las clases presenciales lo antes posible.

Mientras tanto desde el Ministerio de Educación se advierte que, desde que inició la emergencia sanitaria se han desarrollado varios esfuerzos para que los niños continúen en la educación, no solo en la educación virtual, sino que se aplica el un Plan Educativo donde, además, se entregan varias herramientas y se lleva adelante un plan de retorno progresivo a las aulas, al que decenas de niños se suman de a poco.

 

TEXTO Y FOTOS: Freddy Chicaiza