Stefan y Lotte

ENE, 16, 2018 | - Por Andrés Panchano

Andrés Pachano

 

 

“…solo un libro que se mantiene siempre, página tras página, sobre su nivel y que arrastra al lector hasta la última línea sin dejarlo tomar aliento, me proporciona un perfecto deleite…” (Stefan Sweig).
 

Hace un tiempo, un muy joven amigo que deseaba “…incursionar en las lecturas…” (copio sus palabras) solicitó una sugerencia sobre una obra literaria para leerla. No sé por qué, sin pensar, ni razonar sobre la deferente solicitud, con ‘improntus’, de golpe, dicté el título de un libro: ‘Momentos Estelares de la Humanidad’ su autor: Stefan Sweig; deseé rápidamente entonces  que disfrute de esos catorce pasajes de la historia universal -según Sweig fundamentales- relatados con la fresca y profunda erudición del escritor hondo, prolífico.
 

Seguro estoy de no haberme equivocado en la sugerencia, en la espera que aquel novel lector haya sido atrapado por la culta erudición, por la historia frescamente relatada y que, como toda obra de Sweig, le haya arrastrado hasta el fin de sus líneas.
 

Y luego quise recomendar otras obras de este escritor; se me quedó por ejemplo desear que leyera ‘El candelabro enterrado’ narración  de la vida de un judío y la memoria de la Menorá el simbolismo del pueblo Hebreo. O sus biografías: ‘Magallanes: el hombre y su Gesta’, María Estuardo, María Antonieta, o la de Fouche, en fin….
 

Recuerdo este ligero episodio, cuando estamos próximos a recordar lo que escribiera en una nota a sus amigos  atada al lomo de su perro, su incondicional compañero, el 22 de febrero de 1942, Sweig se despidió diciendo: “…vivan para ver el amanecer tras esta larga noche…”.
 

Agobiado, entristecido y angustiado por el destino de su Europa desangrada por la guerra mundial, oprimido por el desarraigo y el destierro, con miedo por el destino de la humanidad, manifestó enhiesto preferir la muerte en el momento apropiado de su vida; entonces “…erguido como un hombre cuyo trabajo cultural siempre ha sido su felicidad más pura y su libertad personal su más preciada posesión en la tierra…”, ese día él y su mujer Lotte, ingirieron letal veneno para despedirse de la vida; serán ya entonces 76 años de su muerte en Petropolis, el Estado de Río de Janeiro de Brasil.  

 

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