Nuestra realidad

    Jaime López

    Como que se han cumplido 20 meses de declarada la pandemia por el Covid-19, a pesar de ello cuesta mucho asumir que la realidad nacional, inmersa en la realidad internacional, ha sufrido un cambio de 180 grados, sometida a una mortandad desatada no solo por ese virus, sino también por el otro de crímenes cometidos a mansalva por el sicariato, convertido en protagonista y en mercadería de compra y venta como si fuera un artículo de consumo indispensable. Realidad en la que hay que modificar el diccionario, porque las acepciones que aprendimos para consultarlo e instruirnos ya no nos sirven, como ejemplo, la que define lo que es la libertad, que es la facultad natural que tiene el ser humano para obrar de alguna u otra manera o de no hacerlo, que ahora con las marañas fabricados por los populismos se disfrazó para convertirse en corrupción, odio y violencia. Unida esta palabra a otras frases y configurar  valores  que deben distinguir a las sociedades debidamente estructuradas, como la libertad de expresión y que consta en todas las Constituciones, libro fundamental de los Estados, ahora ya no es derecho fundamental, porque los acontecimientos que nos pasan, como consumir el pan de cada día, les permiten a los Gobiernos restringirla para que los ciudadanos no se enteren de qué mismo pasa con su mandato o dirigirla a los medios de comunicación para que digan lo que interesa a las jerarquías y consumar el lavado cerebral que está demostrado que funciona. Libertad de expresión manipulada para ratificar aquel axioma que siempre se nos dijo era un peligro para solucionarlo, que el sentido común es el menos común de los sentidos. Libertad de expresión dirigida a eliminar la solidaridad porque mal utilizada ha infectado las acciones de ciertos Jueces y Tribunales que la confunden con artimañas de dictámenes, sobre todo si el hombre del maletín permite que los delincuentes que van a ser juzgados, digan abiertamente que ellos controlan los Tribunales en declaraciones grabadas y verificadas. Dura nuestra realidad y es innegable, así nos duela.