Tras el reparto, la infamia

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    El país vio atónito cómo un grupo de maleantes, disfrazados de políticos, se repartieron el Estado. El país vio con furia, que dentro de ese inmundo reparto, una de las principales tajadas fue la salud. Se habían feriado los hospitales y el país se enteraba de ello, mientras enterraban a sus hijos, padres, abuelos, tíos y amigos, producto de la peor crisis sanitaria de nuestra historia.

    ¿Y qué ha sucedido al respecto? Nada. Bueno, nada en contra de las pandillas, mucho en contra de la libertad, la verdad y la democracia. Es uno de los periodistas que revelaron el reparto, el primero en sentarse en el banquillo y es el primero en correr el riesgo de ir a la cárcel.

    Este modesto servidor, quien hizo público el esquema de reparto de hospitales entregado por el detenido Daniel Mendoza a Fiscalía, enfrenta un proceso judicial iniciado por uno de los legisladores incluidos en ese esquema. No, ese legislador no le ha respondido a la ciudadanía sobre el diagrama, ese político ha preferido, como buen político ecuatoriano, perseguir a quienes lo hicieron público, en esta ocasión, yo.

    Este caso es de vital importancia para el desarrollo de nuestra democracia. No porque este periodista sea una persona importante, que no lo es, sino porque una sentencia desfavorable para la libertad, marcaría un peligroso precedente. En un futuro, otro político señalado por sospechas de corrupción, encontrará en la vía legal usada por este politiquero de turno, el camino expedito para encerrar a los periodistas y lograr su objetivo máximo: silenciarlos.

    Esto demuestra también que la lucha por la libertad de expresión no cesa, que no cesó con la salida de Rafael Correa del poder. Demuestra que los políticos oscuros, que saborean el silencio por las mieles de la impunidad, siempre estarán sueltos. Es nuestro deber como periodistas, alertarlo, luchar, enfrentar la cárcel si es necesario, con la única esperanza de que cada batalla contribuya a que la ciudadanía, día tras día, identifique con claridad inapelable a estas lacras y las confine al rincón maloliente de la historia, al que pertenecen. Esta vez, me toca a mí dar la batalla. No es la primera ni será la última, lastimosamente, pero la doy con genuino orgullo.