“Tengo sed”

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    Por: Pablo Rosero Rivadeneira

    En la cima del cerro San Pedro de Cochabamba, Bolivia, existe una enorme estatua de Cristo. Es muy parecida a su similar de Río de Janeiro e incluso más alta. Desde su pedestal se divisa la ciudad, otrora famosa por sus manantiales, que hoy busca el agua con desesperación. En las afueras es común ver a las personas recorriendo largos trechos para aprovisionarse de un pequeño tanque de agua.

    En el siglo I, los condenados al suplicio de la cruz morían abrasados por la sed y la asfixia.   Cuando Jesús exclama – “Tengo sed”, le dan a beber vinagre mezclado con hiel que él apenas prueba y rechaza. No es el vinagre que hoy conocemos, es una bebida áspera, de mala calidad, habitual entre la soldadesca romana. Al rechazarla, Jesús se asocia a la sed que padecerá el mundo: lagunas y ríos contaminados con el vinagre de los desechos industriales y la hiel de la desidia gubernamental.

    Junto a Cochabamba se encuentra la Laguna Alalay de unas dimensiones parecidas a la Laguna de Yahuarcocha o la Laguna de Colta en Ecuador. Su nivel de contaminación impide que sea apta para el consumo humano. Colta y Yahuarcocha viven una realidad parecida y nuestra gran reserva hídrica, el páramo, corre riesgo de desaparecer.

    Cuando Jesús entra en Jerusalén, hay un detalle que suele pasar desapercibido. Desde las alturas del Monte de los Olivos, divisando la ciudad santa, Jesús llora. Sus lágrimas prefiguran el desastre ambiental creado por la soberbia humana. Transnacionales codiciosas que, en nombre de la minería, se han bebido lagos enteros como el Mar de Aral en Kazajistán o el Lago Poopó en Bolivia.

    Hoy, en el madero de la cruz, padeciendo sed y asfixiados por la pobreza, están todos los pueblos excluidos del desarrollo. Bebiendo el vinagre y la hiel que deja a su paso un sistema que, como en los tiempos de Cristo, sigue siendo injusto.