‘La Negrita’: en lo misterioso de una pandemia no anunciada

SEP, 18, 2020 |

CUARENTENA. Los animales también han sentido las huellas del confinamiento que atraviesa el mundo, debido al Covid-19.

La ausencia de estudiantes y trabajadores de la PUCE-SD debido al inicio del confinamiento afectó a la mascota de la Universidad.

Por: Tamia Verónica Guandinango Conejo*

Estudiante de III Nivel de Comunicación de la PUCE SD
Prácticas en la cátedra Relatos Periodísticos a cargo de la profesora Martha Luz Forero, Mg.

Han pasado ya siete meses, desde que la población santodomingueña está en confinamiento y no solamente ella , sino muchos animalitos, como el caso de la perrita llamada ‘La Negrita’,  una perrita callejera que desde el año 2017, ha hecho de la universidad su casa y de los estudiantes su familia.  Pero quizá se pregunten cómo afectó esta situación a la perrita. Acompáñenme a seguir sus huellas y ver cómo vive desde ese entonces.

La noche del miércoles 11 de marzo, ‘La Negrita’ paseaba por los bulliciosos pasillos de la PUCE-SD, sin imaginar que el próximo día, desde muy temprano, su instinto respiraría un ambiente de soledad por un largo tiempo. Aquel día fue el inicio de una inesperada pandemia llamada Covid-19, que le impactó al ver vacíos los pasillos del campus universitario.

Confundida con tan sorprendente escenario, se dirigió a los grandes salones para ver si alguien aparecía. Con su pequeña cabeza, empujó aquella puerta de madera color marrón, del salón donde raras veces entraba y ocupaba un espacio. Vio las bancas vacías y el escritorio lleno de polvo, sin más dio media vuelta y se fue a otro edificio.  

Con sus cortas patas negras, subía y bajaba las gradas buscando a quienes antes le daban amor y como obsequio un sándwich cubierto de mostaza, unas galletas crocantes o las onduladas papas fritas.

En medio del silencio, escuchó sonidos que rugían y provenían de sí misma. Era su propia barriga. Se había olvidado de su almuerzo y en un estado de shock salió corriendo en dirección al bar, con la esperanza de que hombres de buen corazón compartieran su exquisito almuerzo. Su espera no fue en vano; había alguien que, pese a la cuarentena decretada por el gobierno ecuatoriano, no se olvidó de ella. Un generoso profesor que respetando los protocolos de seguridad ante la pandemia del Covid-19, le trajo un delicioso almuerzo. Para ‘La Negrita’ el solo hecho de su presencia, ya alimentaba su alma. Comía con tanta ansia, como si hubiese regresado de unos 40 días de ayuno. Satisfecha y conforme con los pocos minutos que estuvo con el profesor, demostró su agradecimiento colocando sus dos patitas en las piernas de él.

Alimentada de cuerpo y alma, recordó que tenía otros amigos que hace tiempo no los visitaba. Los que consideraba sus amigos, sin que ellos lo supieran, seguían viviendo en aquel puente misterioso que lleva al campo de fútbol. ‘La Negrita’ se acercó a aquella zona, que vista desde abajo era como la entrada a una gran selva de bambú. Las iguanas, mezcladas entre las hojas, sin movimiento alguno, de reojo la vieron llegar. ‘La Negrita’ con su oído muy desarrollado, logró escuchar sus movimientos y de repente dio un fuerte ladrido y empezó a jugar con ellas. Saltaba y las perseguía sin hacerles daño alguno.

CUSTODIA. La negrita, custodiando los laboratorios de computación, en pleno medio día.

Ladró también, a modo de saludo, a un grandioso gallinazo que volaba contemplando su alegría, y en medio de todo quizá, ella se disculpaba por haber pisado alguna hormiga.

A lo lejos escuchó un eco de unos ladridos que ella no emitió. Persiguió esos ladridos que le llevaron a una enorme entrada llena de flores que adornaban la capilla de la universidad. Mientras ella se acercaba, los ladridos se escuchaban más fuertes. Como en una visión vio a dos perritos que vivían en la capilla. Ella sacudió su cabeza, para confirmar que la visión fuese real y sin darse cuenta ya estaba en la puerta de la capilla.       Las metálicas rejas que los separaban impedían darse mordiscos. Este encuentro parecía un milagro de aquel que los creo, ya no estaba sola, sabía dónde encontrar a los de su raza. Con solo cruzar miradas, los perritos vecinos parecían entender claramente la ausencia que sentía ‘La Negrita’, tal vez porque los dos perritos ya lo habían experimentado con su amo.

Cuando el color del cielo, se tornó oscuro, los postes de luz, no solo iluminaban el callejón, sino el retorno de ‘La Negrita’ a su aposento. Por fin su cama no había cambiado, era el mismo rincón cálido en el bar de doña Jenny. Se cansó tanto que su merienda era un poco de agua que los piadosos guardias le dejaron. El agua le dio vida, parecía que el día comenzaba.

Danto tres vueltas se sentó, a la espera de escuchar los pasos del hombre robusto y equipado que cada noche a su parecer paseaba, aunque en realidad era el hombre que velaba por la seguridad del campus universitario. ‘La Negrita’ se levantó y llena de valor acompañó al guardia en sus rondas nocturnas. Ella adelantándose como cabecilla, ya conocía la ruta. Terminada la travesía en las metálicas abreviaturas de la PUCE-SD, y sin novedad alguna volvió a su cuchito, donde le esperaba un cómodo piso.

Tras aventurar en un día extraño, cerró sus ojos y se quedó profundamente dormida. Sin importar lo que le vendría al otro día, solo supo que aquel día lo vivió intensamente.

A partir de ese día para ‘La Negrita’ cada día -como dice el evangelio, trae su afán- está lleno de nuevas aventuras a la espera de volver a encontrarse con la familia PUCE-SD.

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