Para elegir las dignidades

    Jaime López

    Luego de que la votación del balotaje provocó satisfacción y la exhalación de la sostenida angustia germinada, en la campaña electoral y el soportar a más de una decena de chimbadores.

    El país enfrenta, con serios interrogantes, la acción de los elegidos para conformar la Asamblea y sus manejos políticos, personales y partidistas, para designar las dignidades de la misma.

    Quienes estamos al otro lado de la pantalla y de las noticias de radio y prensa otra vez tenemos que aguantar expresiones ofensivas, decoradas con la sonrisa sardónica, modelo correísta que es un insulto al interlocutor, argumentos fuera de tono y razón que lo primero que dicen es que estarán en la oposición del Gobierno si es que el Presidente no hace lo que pretenden.

    Lo que no dicen es que el país les importa un carajo y no hablan de la gobernabilidad y la gobernanza porque seguramente los atrevidos no saben lo que son estos procesos y como llegar a ellos, y empezar el rescate de esa dignidad que es tener un Estado liberado de las marañas de la corrupción, emprender también el rescate de nosotros mismos y de nuestros valores cívicos y educativos, que confirmen la identidad de ecuatorianos en el mundo globalizado, armas con las que debemos combatir la pandemia y vencer la muerte que, por el momento, aparece como prematura para millones de seres y ha sepultado también a millones .

    La gobernabilidad que es el equilibrio dinámico entre el nivel de las demandas y la capacidad del sistema político para responder de manera eficaz, es entonces entender la obligación de los actores de impulsar el diálogo abierto, en el que el pronombre personal del yo esté ausente, con el Gobierno elegido, llegar a consensos que se comprendan como cívicos y no prebendas y a una elección de dignidades desprovistas de orgullos baratos, e intervenir luego con muchos soportes representando a la ciudadanía en el proceso de gobernanza.

    El proceso de vacunación ojalá sirva para los asambleístas agónicos y no el ridículo juicio al exministro, el carnaval ya pasó y las máscaras no sirven para ocultar lo que fueron.