“Ustedes, jóvenes, no deben tener vergüenza de llamarse ecuatorianos”: Simon Espinosa

SIMON ESPINOSA CORDERO
Simón Espinosa Cordero (c) a su ingreso al acto en la UIDE, el 28 de mayo. (Foto: Cortesía UIDE)

Este Diario reproduce íntegramente el conmovedor discurso de Simón Espinosa Cordero, quien recibió Doctorado Honoris Causa de la Universidad Internacional. Fue una intervención que tiene sabor a una despedida definitiva. 

Simón Espinosa Cordero es uno de esos tesoros vivientes que tiene todo país. El filósofo, periodista y escritor, tiene ganado su prestigio a costa de su sinceridad, con él mismo y con quienes lo rodean.

Tiene 95 años. Y acaba de despedirse para siempre. Al menos, eso creen algunas de las personas que presenciaron su discurso al recibir el Doctorado Honoris Causa que le otorgó al Universidad Internacional del Ecuador.

Este personaje profundo e irreverente, que hizo, hace y hará reflexionar a los ecuatorianos, decidió hablar a los jóvenes. Lo hizo en el que ya puede ser su último discurso público.

El miembro fundador de la Comisión Cívica Contra la Corrupción, ensayista, autor de incontables prólogos y miles de columnas de opinión; que piensa que “Dios nos juzgará no porque hemos sido católicos sino por fidelidad a nuestra conciencia, a nuestra libertad, a nuestra dignidad humana y a la justicia”; él, inició así su intervención. Fue el 28 de mayo pasado, en Quito.

“Señor Canciller don Marcelo Fernández, fundador de la Universidad Internacional del Ecuador, señor Canciller Titular don Nicolás Fernández, señor don Gustavo Vega, rector de la UIDE, señor don Simón Cueva, vicerrector académico, señores decanos, señores directores académicos, señores directores administrativos y señores del Consejo Estudiantil.

Gracias de corazón a la Universidad Internacional del Ecuador, que, empoderada   por la Universidad Estatal de Arizona, busca los estándares más altos.

Un abrazo a don Gustavo Vega Delgado. Nuestro precioso país se ha quedado despatarrado.  Empezaría a recobrar, poco a poco, su fuerza si Vega Delgado fuera nuestro presidente.

Agradezco las amables palabras del doctor Jorge Baeza, decano de Jurisprudencia por su innata bondad y mente clara. Al doctor Oswaldo Lugo, amigo sabio y generoso y al ingeniero Fabián Cruz Cevallos por haber imaginado que podrían otorgarme un Honoris Causa pese a que “soy un fue, y un será, y un es cansado”, como dijo Francisco de Quevedo, poeta, a veces, del desencanto.

Gracias, familia, y respetable audiencia por estar aquí.

Seré breve: citaré al evangelista San Juan. Y dirigiré, al modo presidencial, unas breves palabras a los jóvenes miembros del Consejo Estudiantil, sobre la incertidumbre del Ecuador y nuestra obligación patriótica de volverlo nuevamente certero.

La cultura occidental se basa en la griega que nos enseñó a dialogar y en la Biblia que introdujo el concepto de historia.

Jesús había resucitado a Lázaro. Éste y sus hermanas Marta y María Magdalena invitaron a Jesús y a los discípulos a cenar en Betania donde vivían. Faltaban seis días para la fiesta judía de la Pascua. María se presentó con un frasco de perfume muy caro, casi medio litro de nardo puro y ungió con él los pies de Jesús; después los secó con sus cabellos. La casa se llenó con la fragancia del perfume.

Judas Iscariote, uno de los discípulos, protestó, diciendo: ¿Por qué no se vendió este perfume en trescientos denarios para repartirlo entre los pobres?… (…)

Jesús le dijo: –¡Déjala en paz! Esto que ha hecho anticipa el día de mi sepultura. (Jn 12 1-7)

Lo que la Universidad Internacional acaba de hacer conmigo, anticipa el día de mi sepultura.

*

Nuestra patria se está muriendo. Hay que devolverle la vida. Este es nuestro deber. Yo desde mis noventa y cinco años y medio siento que he tratado de cumplir con mi país en todas las circunstancias en que la vida me ha puesto.

Ustedes, jóvenes, no deben tener vergüenza de llamarse ecuatorianos. Somos un país joven en años de república y democracia comparado con los países europeos. Tenemos un pasado precolombino de la más fina orfebrería de América, un período colonial, aunque atroz con indígenas y negros, rico en bellas artes. Y aún hoy seguimos, a veces, insensatos y provincianos como si fuésemos monárquicos todavía. Al morir, el obispo Proaño exclamó: “Me muero triste porque la Iglesia Católica ha sido la institución más perversa con los indios”.

Hemos sido los primeros en proclamar la independencia. Bastante pronto, en apenas 76 años de republicanismo hemos separado Iglesia y Estado, hemos legalizado el matrimonio civil y el divorcio, tenemos un Seguro Social, en cuanto a concepción, excelente; pioneros en declarar el voto como derecho de la mujer, Quito junto con Cracovia son los primeros patrimonios culturales de la Humanidad. Hemos contado con una gran cantidad de personas ilustres; declaramos la libertad de los afroecuatorianos ocho años antes que Lincoln. Y sin embargo, ahora, hemos caído con la excepción de pocas universidades y colegios del Estado y Particulares, en una educación que no educa sino deforma.

Queridos jóvenes, mientras no resolvamos racionalmente las desigualdades sociales, no podremos vivir en paz ni morir con buena conciencia. Ustedes de profesionales deberán asumir la política como obligación para llegar a ser estadistas capaces de devolver al país su esplendor y su grandeza.

Que el perfume de nardo al creer en un gran destino los acompañe y si se van a mundos mejores, Dios les libre del laberinto de la soledad.

Quiero terminar leyéndoles un poema de Juan Ramón Jiménez, que siempre me ha conmovido, porque trata del VIAJE DEFINITIVO que todos nosotros habremos de emprender tarde o temprano. Dice así:

… Y yo me iré. Y se quedarán los pájaros
cantando;
y se quedará mi huerto, con su verde árbol,
y con su pozo blanco.

Todas las tardes, el cielo será azul y plácido;
y tocarán, como esta tarde están tocando,
las campanas del campanario.

Se morirán aquellos que me amaron;
y el pueblo se hará nuevo cada año;
y en el rincón aquel de mi huerto florido y encalado,
mi espíritu errará nostálgico…

Y yo me iré; y estaré solo, sin hogar, sin árbol
verde, sin pozo blanco,
sin cielo azul y plácido…
Y se quedarán los pájaros cantando”. (DLH)

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