¡Viva la ficción!

Hugo Romo Castillo

El discurso triunfalista de Correa, pese a que la marcha opositora del 13 de agosto fue muy superior a la organizada por Patiño; el insólito agradecimiento de Doris Solís al pueblo ecuatoriano por el ‘masivo respaldo al Gobierno’ (?); la increíble declaración del canciller con licencia: ‘’este es el Gobierno más democrático del mundo¨. Contagiados de ese espíritu onírico, nosotros también podemos imaginar una versión adaptada de los hechos: de los cuatro confines de la Patria salieron indígenas y miembros de varios grupos sociales dispuestos a marchar hacia Quito. El objetivo era agradecer al presidente Correa por la promulgación de leyes que lesionan los derechos del pueblo ecuatoriano. Venían dispuestos a exigir la aprobación inmediata de las enmiendas a la Constitución y dejar el camino expedito para la reelección indefinida del actual dueño del país. Por las calles de Quito marcharon indígenas junto a gremios de trabajadores, profesionales, estudiantes, etc. No hubo gremio más agradecido que el de los médicos, por todo lo recibido: la vigencia del punitivo Código Integral Penal, la ausencia de escalafón en la LOSEP, la inexistencia de la carrera sanitaria, la presencia de médicos cubanos sin que medie algún tipo de evaluación de conocimientos ni experiencia, el despido de miles de especialistas de los hospitales con el abusivo recurso de la “renuncia obligatoria” para luego quejarse por la falta de ellos. No faltaron las muestras de respaldo a la controversial gestión de la señorita Ministra de Salud, quien recién se entera que antes de lanzar leyes o reglamentos es una buena costumbre hablar con los involucrados. En medio de arengas y vítores al presidente, al pasar cerca del Palacio de Carondelet, notaron el fuerte contingente policial y militar que protegía las inmediaciones de la Plaza Grande e intuyeron que allí había fiesta, una de aquellas fiestas inolvidables que organiza el Gobierno con los recursos del pueblo. Si bien allí todo era felicidad, baile y fanfarria, en las calles aledañas ocurría algo extraño, hombres y mujeres heridos eran llevados a los hospitales o a la cárcel. Nada importante, solo cuatro pelagatos, ese otro país incómodo al que no quieren mirar, pero al que rendirán cuentas tarde o temprano. Triste epílogo de una versión absurda, digna de un Gobierno empeñado en creerse su propia ficción.