Realismo trágico

Roque Rivas Zambrano

Para los latinoamericanos el “realismo mágico” es más que familiar. Se trata, incluso, de algo que describe parte de nuestra identidad. Gabriel García Márquez, ganador del Nobel de Literatura, fue uno de los exponentes de esta corriente que se caracteriza por presentar hechos mágicos -o imposibles de creer- que podrían ser reales en un contexto o tiempo determinado.

Los lectores de estas historias alucinan con la exageración en las atmósferas intimistas, los detalles reveladores de los personajes, la integración de mitos y leyendas de cada territorio. Este movimiento literario sirvió para bromear y concluir que la realidad, en nuestros países, supera lo fantástico. La capacidad para sorprender es inagotable, más si se traslada al campo de lo político.

Solo hay que rebobinar los últimos días en Ecuador, para encontrar declaraciones que, aunque parecen sacadas de páginas de humor en redes sociales, son verificadas. Una de las “joyas” es lo que dijo Lenín Moreno, al referirse al acoso: “Somos los hombres quienes estamos sometidos permanentemente al peligro de que nos acusen de acoso; (…) a veces veo que [las mujeres] se ensañan con aquellas personas feas en el acoso”.

Otra es parte una entrevista radiofónica, donde Andrés Michelena, ministro de Telecomunicaciones, habla sobre la necesidad de un sistema informático seguro, eficiente, con conectividad, que permita al ciudadano hacer sus trámites desde casa, oficina o celular. Y luego pregunta: “¿Ya para qué hacer más hospitales o escuelas si hay la educación virtual, si hay la medicina virtual”.

Proseguiría enlistando instantes del acontecer nacional que serían material para el género anteriormente mencionado, solo que en estos casos lo “real”, en lugar de ser mágico, es decepcionantemente trágico.

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