Demonios que alimentar

Daniel Márquez Soares

En Ecuador, es inapropiado hablar de “interés nacional”. Aunque abunden términos abstractos y etéreos supuestamente añorados por todos, es casi imposible encontrar algo concreto que la mayoría de los ecuatorianos deseemos. Todos queremos productividad, siempre que podamos evitar competir con productos y servicios extranjeros que nos recuerden lo improductivos que somos. Queremos luchar contra la corrupción, pero preferiríamos que esa lucha no golpee a nuestros parientes, empresas o clientes beneficiados por ella. Queremos que se reduzca el gasto público, siempre que el Estado no deje de gastar dinero en nosotros.

Los intereses de las cámaras de producción, como se ha visto estas semanas, están abiertamente reñidos, a un grado cómico, con los de la mayoría de la población. La burocracia parece dispuesta a todo con tal de sobrevivir, sobre todo a esquilmar a la gente. Esta situación es tan vieja como nuestra república, pero solo se descubre en todo su esplendor en tiempos de crisis. Por eso nuestro electorado adolece de una permanente sensación de injusticia y una insaciable deseo de venganza. Ya que no les creemos nada a los políticos, aunque sea preferimos a los prometen hacer sufrir a los antiguos mandamases.

Ese sentimiento, la avidez popular por el desquite, es como un ídolo que exige ser alimentado constantemente con el miedo, la desesperación y la humillación de los derrotados. León lo sabía, Abdalá lo sabía y Lucio lo supo, pero lo olvidó. Por eso esta elección presidencial fue tan sosa; ningún candidato ofrecía cebarse hasta la sinrazón con el enemigo.

Pero siempre podemos contar con el expresidente Rafael Correa, quien ha saltado ya de vuelta al ruedo portando su odio y su saña exquisitos. Uno tendrá que caer derrotado: el presidente Lenin Moreno o Correa. La pregunta es si el gobierno actual está dispuesto a usar contra el expresidente las mismas armas legales, mediáticas y “alternativas” que Correa empleó de forma inescrupulosa, despiadada y sádica contra sus enemigos. ¿Veremos una ofensiva meticulosa, profesional y sin límites contra el expresidente, tan asustadoramente eficiente como las que él llevaba a cabo? Si eso sucede, habremos deleitado a nuestros peores demonios con una ración doble.

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