El carbonero y su carreta

En el año 1960, más o menos existían una veintena de carbonerías en Quevedo, así mismo muchos vendedores del producto en carretones. En la actualidad son pocas las carbonerías que existen, porque los antiguos vendedores de carbón ha fallecido, otros han abandonado el oficio, otros se han convertido en vendedores ambulantes de refrescos, es decir un salto del carbón al hielo.

Al desaparecer la masiva demanda del carbón, ese oficio prácticamente se ha extinguido, ahora se preparan los alimentos en cocinas a gas, o cocinas con fluido eléctrico, muy poco utilizan el carbón. En consecuencia los tradicionales fogones han desaparecido de las casas humildes de Quevedo. Más se lo utiliza en las esquinas, para asar carne en palito, tripa mizque, en las fritanguerias, allí el abanico sopla para que se encienda el carbón. Las brasas se ponen al rojo vivo, las chispas viajan por el aire, el cisco es un recuerdo más.

En aquel tiempo habían tres carbonerías en las calles Octava entre Bolívar y Malecón; depósitos grandes uno de ellos el de «Blanquita»; en la calle Marcos Quintana entre la Séptima y Octava, estaba «Don Lucho», que vendía el producto junto a sus hijas; otra gran carbonería era la situada en el solar de Liga Deportiva Cantonal de Quevedo (Octava entre 7 de Octubre y ahora June Guzmán); y, las de las calles José Laborde desde la Novena hasta la Décima Primera; algunas aún existen; por las noches en los patios pernoctaban las carretas vacías, y allí mismo rumas de decenas de sacos de carbón. También un grupo de hombres de la serranía, manchados de negro. Lugo de la jornada se reunían para beberse el contenido de una botella de aguardiente.

Pero en la madrugada cargaban a las carretas el viejo combustible, y esperaban las primeras horas de la mañana para iniciar las ventas. El mejor carbón que solicitaban los clientes era el de algarrobo, mangle y de palo de naranjo; ahora lo queman del palo del guabo y cacao, que son maderas flojas. La ruta del carbonero era pasar por una barriada y llamaba a sus clientes golpeando un aro de llanta de carro, salían las amas de casa y decían: «Deme un sucre de carbón».

El eco o sonido de la campana de aro de llanta, se lo han llevado a la tumba los carboneros del ayer, esos hombres cenicientos tiznados de negro, se han extinguido, apagados por un fuego consumado de ser candela pura. El tema es otro de los pasajes del Quevedo y sus tradiciones que jamás se perderán, porque es la identidad, o la partida de nacimiento de este pueblo que tiene ancestros costumbristas del pasado.