Obsesión por el líder

    Jaime López

    Muchos ejecutantes del ejercicio político, inmersos en espacios  concedidos en la prensa escrita o en la televisión provista de multitud de recovecos, piensan que para combatir la escasez que la pandemia ha  traído consigo, se hace necesario fabricar el líder que, encaramado en su bastión,  les indique  los senderos por los que tendrán que transitar las buenas y malas intenciones,  la manera como hay que eliminar al que estorba los intereses personales   y, por supuesto, que no  les indique como es que hay que seguir siendo ciudadanos responsables de la existencia de su País y de sus Instituciones Administrativas, evitemos decir  que les indique como hay que seguir siendo pueblo,  porque tal calificación parece que hace rato ha naufragado en  el absoluto desconocimiento de que mismo es lo que se llama pueblo, a tal punto de que con razón hay distinguidos referentes y filósofos que niegan  su presencia dentro de las sociedades políticamente conformadas, pero deben aceptar que  ciertos candidatos con desparpajo ridículo, en sus campañas electorales,  suelen referirse a “ mi pueblo” como su propiedad privada. Es lamentable que muchos obsesivos sean burócratas provistos de nombramiento que en la pared atrás de su escritorio de la oficina colocan el retrato del que consideran su líder, más lamentable todavía son  aquellos que han sido elegidos para conformar los Concejos Cantonales sin haber tenido una votación significativa y que sin  pensar dos veces ingresan al gremio de los contreras, que en la sesiones  votan a favor de los que están en contra y votan en contra de los que están a favor,  son los que se oponen a todo porque en su comisión así actúan y cuando la ocasión amerita arremeten contra los Alcaldes y Prefectos  desconociendo la labor que los mandatarios realizan. Son los que no asisten a las sesiones importantes, especialmente a las de rendición de cuentas, pero al día siguientes comulgan con los que establecen comparaciones ofensivas. Son los que aspiran a defenestrar porque sus valores cívicos no le sirven.