No más violencia

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    Si al leer estas líneas estás en casa, mira a tu alrededor y observa el escenario más peligroso del mundo para una mujer. Al estar en familia, mirar una pantalla de rostros por zoom, salir a comprar alimentos o a hacer un trámite, recuerda que una de cada tres mujeres que se cruzan por tu camino, sobrevivió -o sufrirá, en algún momento- algún episodio de violencia física o sexual.

    Las estadísticas no mienten: uno de cada cuatro niños vive en un hogar donde su madre es o fue abusada; y aquellos niños que presencian violencia en su entorno están destinados, casi inevitablemente, a repetirla en su edad adulta.

    La violencia doméstica se mide con cifras trágicas e irreparables, determina futuros de manera casi predestinada, y aunque muchas víctimas disimulan el daño con cierta habilidad, miedo o vergüenza, se permea en nuestra cultura y causa grietas que perpetúan sus efectos.

    La agresión que se vive en la calle, que se refleja en actos políticos y delincuenciales por igual y que despierta odios desenfrenados en redes sociales, da cuenta de una psicosis colectiva en la que no existe una cultura de gestionar emociones, tolerar diferencias, lidiar con miedos y construir en comunidad.

    La violencia contra la mujer es condenable en todas sus formas. Es inaceptable matizarla con el argumento de que los hombres también la sufren, pues el grueso de las víctimas son mujeres y niñas, y nos corresponde alzar la voz por ellas. Esta realidad no cambiará hasta que sea reconocida, admitida y condenada por toda la sociedad.