Ni tontos ni perezosos, trabajadores

    Álvaro Peña Flores

    En el afanoso oficio de auto-vendernos y repartir currículums, ¿cuántas veces nos hemos puesto en la interminable fila de quienes buscan alguna seguridad laboral, sabiendo que no hay nada tan inseguro, nada tan lleno de abusos, maltratos, acosos, despidos, nada tan lleno de “accidentes laborales”, como un empleo? Sí, es la paradoja de la vida, un trabajo en el que te esfuerzas sobrehumanamente para hacerlo cada vez mejor y en mayor medida, pero coartado y limitado. Y sin embargo aquí seguimos, odiando al patrón, pero deseando a toda costa estar empleados.

    Casi dos siglos de luchas obreras contra el trabajo explotado en la fábrica, en la salitrera, en la mina, hemos alcanzado una paradójica victoria: la “flexibilidad laboral”, mayores beneficios pero atados por siempre a lo mismo; llegamos a la época de los trabajadores sin trabajo, de los trabajadores sin derechos laborales, de los trabajadores flexibles: con flexibilidad laboral para ser despedidos de un día para otro, flexibilidad horaria para trabajar a cualquier hora, flexibilidad salarial para ser explotados en base a metas y objetivos, comprometiendo ya no solo su fuerza de trabajo sino también su tiempo libre, su universo afectivo, sus relaciones y su vida entera reducida al “capital humano” de una empresa.

    Es la época de los trabajadores que no producen nada, que calientan el asiento, sacan la vuelta, toman el cafecito, se las ingenian de distintas maneras para poder justificar su capacidad de consumo, es decir, su capacidad de seguir endeudándose hasta la muerte.

    ¿Qué es el trabajo y para qué se trabaja, entonces? ¿Explotación o creación? ¿Alienación o cooperación? ¿Condena individual o participación de una obra común? ¿Por qué “tener trabajo” es un motivo de alegría y orgullo, y “tener que trabajar” es una gran molestia? Como diría Tres Patines: ¡Trabajar es la cosa más grande en la vida, chico!

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