Mujeres de tinta

    Por: Nicolás Merizalde

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    Las protagonistas en la obra de Antonio Gala siempre han sido mujeres. Gala ha defendido que la mujer es un personaje más complejo, de-construible, vívido, dramático, misterioso, y feroz en cualquier historia. Pienso en las mujeres de tinta que han marcado mi vida, y son tan reales como otras que han marcado la historia. Hoy, quiero acercarme a ellas.

    A Úrsula, matriarca de 100 años de soledad, sabia y curtida como las madres latinoamericanas. A Malena y su abuela Soledad, que Almudena Grandes dibujó como los paradigmas de dos Españas que se reencuentran. A la Alejandra que Sábato nos dibujó desenfadada e incomprensible. A la Inés que Isabel Allende trajo desde la conquista hasta nuestros días para demostrar que el amor y el valor comparten linderos. Y desde luego, a quien protagonizó la primera novela del Ecuador, a Cumandá, cuyo espíritu salvaje aun alimenta el viento que nos refresca.

    También están las mujeres creadoras, las que no pudieron estar en la cúspide por convencionalismos obtusos como Sor Juana Inés de la Cruz, Santa Teresa de Ávila o nuestra sufrida Dolores Veintimilla de Galindo. Las que dejaron un estilo propio desde Virginia Woolf, pasando por Agatha Christie y Susan Sontag, hasta Elena Poniatowska. Las que fueron pioneras como nuestra primera novelista nacional, la ambateña Blanca Martínez de Tinajero o las que estuvieron eclipsadas y en el ocaso como Elena Garro y su fuerza mágica.

    Ahora, tenemos la fortuna de contar con escritoras ecuatorianas que están sacudiendo el panorama internacional y pisan fuerte donde van. María Fernanda Ampuero, Mónica Ojeda, o Gabriela Alemán, relegadas por la crónica roja, la farándula low-cost, y el desfalco diario. Pero ahí están.

    Hay muchos nombres que se los quedó el olvido. Este pequeño recuento es un homenaje, un agradecimiento y, sobre todo, una invitación a leerlas.