Muere mientras cocinaba para sus perros

El deceso del hombre de 61 años se produjo en el sur de Ambato, en las calles Abelardo Moncayo y Ernesto López.

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El cuerpo fue llevado hasta la morgue para que se realice la autopsia de ley.

Los gritos doloridos de su hija, anunciaron su muerte. Los vecinos del barrio salieron de las casas para preguntar qué estaba sucediendo. Los perros ladraban fuerte, como siempre, anunciando el paso de la muerte.

Luis Antonio, era un hombre de 61 años, trabajaba como taxista. Su rutina estaba marca desde hace tiempo. Todas las mañanas se levantaba a las 03:00. Una de sus primeras actividades del día, era cocinar para sus perros, así lo contaba a la Policía, su esposa María Rosario, entre la angustia y la impotencia de no saber, qué hará ahora sin su compañero de vida.

La madrugada de ayer, la rutina se rompió. La comida no llegaría a los comensales y Luis Antonio no volvería a cocinar.

A las 06:00, a María Rosario, la despertó un olor intenso a comida quemada. Se levantó de la cama, bajó hasta la cocina para preguntarle a Luis Antonio que se había quemado.

Nunca más hubo respuestas. Una nube de humo cubría el espacio, escondiendo el cuerpo del hombre de 61 años.

Cuando María Rosario, pudo ver algo, su esposo estaba tendido en el piso, no reaccionaba. La familia, aún con esperanzas llamó al ECU911. Una ambulancia llegó a la casa de Luis Antonio, el paramédico confirmó su muerte.

Es aquí, cuando los gritos se agudizaron. Llantos derramados en el piso, gritos al viento, deseos de morir. “Papito por qué te vas así”, decía la hija, sin entender nada de lo que pasaba, sin importarle las razones, ni los designios.

La Policía Nacional fue para llevarse el cuerpo. Los agentes de la Dirección Nacional de Delitos contra la Vida, Muertes Violentas, Desapariciones, Extorsión y Secuestro (Dinased) de Tungurahua y de la Unidad de Criminalística levantaron el cadáver, después de comprobar que no tenía signos violentos.

El cuerpo se guarda en una ambulancia fría de medicina legal. El carro se aleja, los gritos no se extinguen y los perros, en el garaje de la casa de Luis Antonio, huelen una olla de comida carbonizada. (APQ)