La luz mística

Víctor Corcoba
Víctor CORCOBA HERRERO

Al igual que los solsticios y equinoccios simbolizan la fertilidad de la tierra, los sistemas de producción agrícola y alimentaria, el patrimonio cultural y sus tradiciones milenarias, contribuyen a hacer comunidad; asimismo la persona debe hacer familia, en base al fundamento de una ética universal que tratamos de obtener a partir de nuestro propio pulso humano. Por ello, quizás tengamos que explorarnos más, para que podamos trabajar juntos, con la comprensión justa y el mutuo reconocimiento al análogo.

Sin duda, nuestra mayor fecundidad va estar, precisamente, en ese impulso nuevo para poner en práctica las exigencias humanizadoras de la ley natural, injertadas al raciocinio de la luz mística; y así, poder descubrir la expresión de la sabiduría, de la belleza y de la bondad providencial, la cual nos ha donado el anhelo y la ilusión como compensación a los cuidados vivientes.

Desde luego, no hay mejor interconexión que declararse ciudadano del mundo, con lo que esto conlleva de conocerse y de reconocerse como parte del sueño, mediante una comunicación recíproca, que es lo que nos pone en la buena orientación, para contribuir a la construcción de un mundo más solidario. La búsqueda de este lenguaje ético racional común concierne a todos los seres humanos. Será bueno, por consiguiente, que sigamos el quehacer de los solsticios y equinoccios, que además están conectados con las estaciones, las cosechas y el sustento.

En consecuencia, acopladas las vivencias, reagrupadas las colaboraciones entre latidos diversos, se llega a alcanzar la conciencia, la experiencia de una llamada interior a realizar el bien y a evitar el mal. Indudablemente, sobre este precepto se apoyan los otros mandatos de la norma oriunda. Tanto es así, que la vida no es aceptable a no ser que el cuerpo y el espíritu convivan en sana voluntad, bajo el hálito del respeto congénito.