Los pícaros y el sinvergüenza

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    En uno de los más divertidos capítulos de La Tremenda Corte, José Candelario Trespatines, un pícaro heredero de la viveza de quien vive el día a día con cualquier oficio, le da una cuantiosa suma de dinero a la verdadera autora de Mis días.

    En la demanda que se ventila en el juzgado, los testigos le dicen que el dinero era para la autora de Mis días, y Trespatines no conocía más autora de sus días que su Mamita, entonces le dio la suma de dinero porque así se lo dijeron.

    En este capítulo, como en todos, Trespatines mira la realidad desde su concepción de carnaval continuo, desde una visión deformada de la realidad, que concibe que todo puede hacerse en su propio beneficio, lo cual origina la risa y allí se fundamenta el humor de este gran clásico de la cultura popular latinoamericana.

    Pero quien dirige la política sanitaria en el país, por más que su cara circule en memes con la frase, “la vacuna era para mamita”, no causa risa, sino enfado, ira y grima, pues en este caso, el juego de palabras sobre la autora de mis días, que era una novela, escrita por una mujer, y que Trespatines no tenía por qué saber sobre la novela, no tiene efecto dentro del relato de la sanidad de la población.

    Ser un funcionario público, con información privilegiada, y vacunar a su madre, quien no está en igual exposición y contacto con el virus que un trabajador de la salud: médico, enfermera, paramédico, camillero o conductor de ambulancia, nos indica que la picardía, viveza o sapada, no es solo de los personajes como Trespatines, el Lazarillo o don Pablos, quienes durante toda su vida no tuvieron familia y se las arreglaron como pudieron, a la sombra de tutores que con coscorrones y palizas forjaron su intrepidez.

    No, ministro Zevallos, usted no es un pícaro, es un sinvergüenza, que incluso no debería volver a las aulas universitarias, pues esa acción indica su carencia de ética, que es lo primero que se transmite con el ejemplo a los estudiantes. Tampoco debería ejercer la medicina, pero como a todo pícaro, le llega su juez, su arcipreste y su viaje a las Indias.