La despedida

    Carlos Arellano

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    El país transita entre el (des)gobierno del presidente Lenín Moreno y la elección de su sucesor. El corto camino que le resta al presidente por recorrer no le bastará para intentar (si lo hace) subsanar la infinidad de errores cometidos en el último año de su mandato.

    ¿Qué sucedió con el primer mandatario que, a pocos meses de empezar su gestión, consolidó amplia aceptación a nivel nacional e incluso alcanzó una importante victoria en el referéndum constitucional y consulta popular de 2018? Evidentemente lo perjudicó su falta de probidad para ejercer el cargo, lo afectó la improvisación que instauró como política de Estado y lo castigó el reiterado discurso que culpaba de todos los males a su antecesor.

    Siempre fue necesario que el presidente reconozca que la corrupción del gobierno anterior provoque graves consecuencias en lo político, económico y social; pero su responsabilidad fue enmendar los errores; exigir sanciones y fortalecer las instituciones del Estado. A duras penas consiguió instaurar el Consejo de Participación Ciudadana Transitorio que logró algo de independencia en la justicia.

    Durante cuatro años Moreno vivió rodeado de funcionarios que se convirtieron en su carta de presentación, especialmente de ministros que lo defendían de las críticas que lo acechaban. Tras la renuncia del exvicepresidente, Otto Sonnenholzner y la censura de la exministra de Gobierno, María Paula Romo, el gabinete de Moreno entró en crisis: se confirmó que el presidente no gobernaba y este (sin liderazgo) no logró concertar con el resto de los ministros, quedando el país a la deriva.

    El país, con la llegada de la crisis sanitaria, vivió el horror de la muerte. La pandemia demostró la ineficacia del sistema de salud, confirmó la desigualdad educativa que existe en el país y más. Nuevamente, la crisis confirmó que siempre existirán grupos que, amparados en el gobierno de turno, buscarán beneficiarse de la coyuntura como los que accedieron a las vacunas VIP.

    Tristemente, los pocos aciertos del presidente se desvanecieron con el tiempo. Así, sin gloria, pero con gran pena, Moreno partirá al olvido, destinado a vivir en el rincón que ningún político desearía vivir: entre el desprecio de la mayoría de ecuatorianos y el recuerdo de un (otro) gobierno corrupto.