Incubadoras de crimen

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    Álvaro Peña Flores
    Lo ocurrido en las cárceles del país ha conmovido hasta al más insensible, no es común ver cuerpos decapitados e incinerados como si fuesen animales. Tras estos episodios han surgido un sinnúmero de interrogantes frente a la acción que por parte del Estado se debe hacer para convertir las cárceles en lo que realmente deberían ser: centro de rehabilitación y reinserción social.
    El hacinamiento, la precaria asignación de recursos, la corrupción por parte de los directores y guías penitenciarios, el vínculo a los cárteles de drogas de los líderes de bandas de las cárceles, y la paupérrima gestión e implementación de políticas de oportunidad de los gobiernos hacen que las cárceles se conviertan en incubadoras de crímenes.
    Reinsertar a un delincuente a la sociedad es muy difícil, porque no solo habrá resistencia por parte de aquel, sino que la estructura social en la que vivimos no nos ayuda. ¿Cómo reinsertar a alguien que toda la vida ha vivido en la calle, haciendo negocios sucios y criminalizando? ¿Cómo cambiar la forma de pensar y la conducta de alguien que creció viviendo violencia intrafamiliar? ¿Cómo cambiar el corazón de aquel que nunca vivió el amor, el respeto, la consideración y la solidaridad?.
    Es muy difícil, casi imposible, porque la cárcel se quedó cumpliendo el papel de carácter punitivo, dejando de lado la parte más importante: rehabilitar y reinsertar con políticas claras y definidas; el Estado como garante de los derechos humanos de su población debe responder por la calidad de vida con educación que fortalezca los valores de la familia y la convierta en la cuna de seres humanos íntegros; con empleo que permita vivir con dignidad, y con justicia social donde los derechos de todos se vean garantizados.
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