Incertidumbre y desconfianza

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    POR: Ramiro Ruiz

    Ecuador es un país latinoamericano normal: pobre, desigual, injusto, corrupto y con gente decente y trabajadora. Su democracia es defectuosa pero competitiva, sus instituciones son débiles, pero existen y su economía, la octava del continente en tamaño, depende de la exportación de petróleo, bananas, camarones y oro. Y del dinero que mandan a sus familias los ecuatorianos que viven en otros países (M.Naím).

    Los ecuatorianos decentes y trabajadores entraron en una fase de incertidumbre y desconfianza. Veamos. Los asambleístas no detectaron o se hicieron los ciegos a las fallas del código penal. Tampoco dejaron de lado al sistema judicial sometido al poder político. Esta pequeña muestra corresponde a la justicia populista protegida por un código penal de la misma marca. El resultado: desconfianza en la justicia. Nadie puede negar el trabajo encomiable de la Fiscal General, Diana Salazar, que enfrenta sin miedo el sistema de justicia descompuesto.

    Tenemos antecedentes de hechos del pasado inmediato que causan desconfianza. El gobierno anterior ordenó el desmantelamiento de la Base de Manta que ayudó a vigilar e investigar el narcotráfico. Hoy está a la vista al país como corredor de tráfico de droga. Además, creó un sistema de espionaje dirigida a personas e instituciones de supuesta oposición. ¿Recuerdan la locura de amordazar la libertad de pensamiento y expresión?

    En la página de la economía, el gobierno actual está lidiando con la deuda externa gigantesca. Al parecer, no distinguió otra alternativa para que el Estado funcione normalmente. Esta equivocación ha sido incuestionable: parte de los préstamos internacionales se destinaron a financiar el gasto corriente y los sueldos de miles de empleados públicos. Si ese dinero apuntaba a la inversión y generación de producción y empleo, estaríamos viviendo otros días. Desconfianza en la economía.

    La pandemia que llegó sin previo aviso, nos dejó a los habitantes del planeta sin trabajo ni consumo, en aislamiento masivo, temblando con pánico de morir.

    El virus cambió hábitos y costumbres, la comunicación intrapersonal y social. Nos puso frente a la fatalidad de la existencia transitoria y la importancia de valorar la vida. Nos mostró la incapacidad de resolver problemas, descubrió el andamiaje de corrupción y la construcción de hospitales inservibles. El sufrimiento y la muerte de víctimas y sus familiares fueron la oportunidad de hacer dinero ilegal y enriquecer a los sátrapas.

    El escándalo de estas dos semanas, cerró un pequeño círculo del contexto social, económico y político del país. La masacre en las cárceles está conectada con las mafias de narcotraficantes y el crimen organizado de México, Colombia y Brasil.

    Este es el recuadro de la realidad reciente. Los ciudadanos de la mitad del mundo estamos frente a la desconfianza. La inseguridad, la pandemia, la economía arruinada. ¿Quién es el candidato con altas posibilidades de desmantelar la corrupción y hacer caminar la producción, el trabajo y demoler la torre de leyes inservibles?

    La desconfianza trae la anarquía. La gente cree que los candidatos a la presidencia son presuntos implicados en la delincuencia. Piensan los ciudadanos que la política es una tarea fácil de hacer dinero. En poco tiempo borramos de la memoria que un cargo público es un honor, exige responsabilidad y honestidad a toda prueba.

    En treinta días, los candidatos tienen la tarea de revertir la desconfianza y la anarquía en la fe perdida en nosotros y “los otros”. Necesitamos confiar, caso contrario, el territorio ecuatoriano será un lugar donde viven personas sospechosas, listas para quebrantar la ley.