La ciudad donde Espejo amó

SEP, 19, 2019 |

POR: Pablo Rosero Rivadeneira

“Declaro que no he sido casado en ningún tiempo y me he mantenido en estado de celibato hasta el día presente…”.  Así reza una de las cláusulas del testamento de Eugenio Espejo. No comentaré nada sobre la actual polémica respecto al paradero de este documento, aunque espero que esto sea una dura lección que obligue a mejorar la gestión de nuestro patrimonio documental. 

Afortunadamente, gracias al libro de Marco Chiriboga Villaquirán “Vida, pasión y muerte de Eugenio Francisco Xavier de Santa Cruz y Espejo” conocemos el texto del testamento en el que llama la atención la cantidad de deudas, incluso un par de hebillas de oro pertenecientes a su hermana Manuela que estaban empeñadas con el cura boticario Fray Antonio de Jesús.  

La azarosa vida de Espejo, sus vicisitudes políticas y culturales le impidieron, sin duda, gozar de alivio económico y echaron, además, un velo de silencio sobre su vida sentimental. Aun así, el cuento de Iván Egüez, “Desventuras de un ilustrado del siglo XVIII y de una liberanta riobambeña”, recrea la que pudo ser la época más intensa, en la vida de nuestro Precursor.   

Todo empieza con la llegada de Espejo a Riobamba.   Unos curas solicitan la defensa de Espejo frente a ciertos entuertos con algunos terratenientes locales, entre ellos doña María Chiriboga. Espejo no la conoce en persona pero despotrica contra ella en sus célebres “Cartas riobambenses”. Se le va la mano. Ella lo cita en su hacienda de Guano para exigirle explicaciones y, de paso, propinarle una buena golpiza con la ayuda de sus criados.   Espejo intuye la celada y se hace esperar. Cae de improviso en la hacienda, cuando doña María se encuentra sola y, para su pasmo, se da cuenta de que no era como los curas la pintaron y comprende que metió la pata. A él le impacta la belleza y el desparpajo de ella, mientras que a ella le impacta la inteligencia y la astucia de él.   

De la desconfianza mutua va emergiendo el amor. Ella lo acompaña solícitamente cuando él es acometido por una fiebre adquirida en el frío riobambeño. Cuando se recupera, Espejo regresa a Quito donde, al poco tiempo, será encarcelado para salir solamente a dictar su última voluntad y morir.   

No sabemos si existen asideros históricos para este bello relato, pero sí contamos con el “Memorial” en el que doña María se queja ante el Presidente de la Real Audiencia sobre el infamatorio libelo de Espejo en su contra. En él, doña María define a Espejo como “satírico, de deleznable origen y demasiado libre en la pluma”. Quizás, en esa expresión dictada por el resentimiento, María de Chiriboga y Villavicencio dejó deslizar, en medio del odio, una última gota de amor. 

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