Con nuestras propias fuerzas (parte 2)

JUL, 18, 2019 | - Por Jorge Madera Castillo

POR: Jorge Madera Castillo

Muchas personas: académicos, expertos, empresarios, líderes sociales, gente de afuera y ciudadanos sencillos hemos coincidido en que Imbabura es una tierra dotada de recursos increíbles; esto inclusive ha sido motivo de fogosos discursos de campaña. Ahora ya nos han certificado como “Geoparque” y eso nos pone en graves aprietos. Si es que esto es así, surgen dos preguntas fundamentales: a) ¿por qué con todas estas bondades estamos lejos de ser un polo de desarrollo?; y, b) ¿por qué somos pobretes y la mayoría de nuestra población no tiene un trabajo decente que permita a las familias tener un camino de prosperidad?

En términos muy gruesos, son tres los grandes determinantes del desarrollo local. El primero, es el capital humano de los lugareños, con sus niveles promedio de educación y formación, pero principalmente con sus capacidades de emprender, de crear, de lanzarse hacia la producción de servicios, arte, cultura, productos, poniendo a prueba todo lo que ha aprendido para aplicar no solamente el concepto de “productividad” sino su propia capacidad de mejorar sus hábitos y calidad de vida; el desarrollo lo determina la gente pujante que quiere cambiar su historia y lucha por ello. 

El segundo, es la capacidad de las personas y de las empresas no solamente para ubicarse organizadamente con sus labores productivas en su localidad, sino también para conseguir que aterricen aquí empresas de otras latitudes a ofrecer trabajo; pero además lograr interactuar, juntarse, asociarse, agremiarse y formar sinergias, estructurando y fortaleciendo un buen “tejido empresarial” y fuertes organizaciones de la sociedad civil. Y el tercero, también fundamental, es la calidad de la institucionalidad pública, entendida como ese conjunto de normas, reglas formales, incentivos y ordenamiento que afectan a la actividad económica, como son: la provisión de servicios públicos, la calidad de la infraestructura, las regulaciones, los impuestos locales, entre otros; y, cómo el sector público logra interactuar con los sectores sociales, empresariales y académico para ir mejorando todo ese entramado en beneficio de lograr cambios positivos para la sociedad; la sapiencia y la voluntad política de la autoridad juega un rol fundamental.

Estamos hablando de que el desarrollo del territorio, además de ser influido por las políticas públicas nacionales y por la asignación de recursos del Estado, es principalmente el grado de participación de la sociedad en las decisiones públicas locales lo que determina el “desarrollo endógeno”, es decir, el desarrollo desde adentro, de abajo hacia arriba; la auto determinación a la que todos tenemos el derecho y la obligación, para labrar nuestro propio futuro. Pero también hablamos de que el desarrollo no debe hacerlo un mesías ni un puñado de mangoneadores; es toda una minga. Ibarra hoy no tiene un motivo ni un norte que alguna vez y por siglos sí lo tuvo; tampoco tiene hoy un “proyecto de ciudad”. Es necesario un gran acuerdo local.

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