Una maleta más grande

Cuando mi hija tenía 3 años, mi mamá le regaló una maleta con ruedas. Tenía el tamaño de una maleta de mano, y como diseño, el estampado de un simpático monstruo verde. Mi hija me preguntó si nos íbamos de viaje. “Ahora no, pero ya tienes una maleta para empacar tus cosas cuando viajemos”, le respondí peinando sus entonces cortos rizos.

Meses después de que recibió ese obsequio, mi hija comenzó a usar su maleta verde con mayor frecuencia. Cada quince días y durante cinco años, empaqué en ella dos y hasta tres mudas de ropa. Empaqué en esa maleta mis lágrimas, mis temores, mi profundo dolor por verla compartir su tiempo entre dos hogares.

Ahora su abuela le ha regalado una maleta más grande, pero todavía no tengo el valor para deshacerme de aquella pequeña y verde. Aquella que guardó sus primeras dudas, sus primeros anhelos, sus primeros miedos, sus primeras pataletas por tener que dividirse entre dos hogares.

Quisiera decirles que con el paso de los años las dudas y los miedos desaparecieron. Pero, quienes viven situaciones similares saben perfectamente que no es así. Lo que sí es cierto es que la resiliencia crece, al igual que la tolerancia y la fortaleza. Mi hija, como tantos otros niños en el mundo, empaca en su maleta ilusiones y desilusiones; pero también empaca una tonelada de amor que le permite pelear cualquier batalla.

Lo más importante es que, en cada empacada y desempacada, se acompañe al niño con absoluto cariño, paciencia y seguridad. Aquellos niños que vienen y van tienen ojos más abiertos, brazos más inmensos, sentimientos más profundos. Aquellos que comparten su corazón aprenden a querer con más fuerza y a valorar cada momento que viven junto a su madre y junto a su padre.

Ellos necesitan calidad, responsabilidad y dedicación. Ellos, con el tiempo, no necesitan solo una maleta más grande. Necesitan tener la certeza de que ambos lugares son sus hogares.

El poder de la virtualidad

El desarrollo tecnológico nos mantiene en un debate dual. Por un lado, nos vemos amenazados por la enajenación, la adicción y la desvinculación con la realidad que nos rodea. Pero, por otro lado, gracias a la tecnología también se rompen brechas que antes eran inalcanzables. Por esta vez, quiero concentrarme en ese poder, casi mágico, que genera la posibilidad de comunicarse con personas que están en otros países distintos al nuestro.

Cuando comenzó la pandemia y abrí mi cuenta de Instagram @booksbylolita una tocaya comenzó a seguirme y comentar mis posteos. Inmediatamente identifiqué su pasión lectora y su amplio conocimiento sobre distintos subgéneros y autores. Del comentario en el post pasamos al mensaje directo, luego nos pusimos en contacto por WhatsApp. Supe que era de Argentina, que vivía en Guatemala y que hasta 2019 había residido en Quito. Cuando convoqué a una lectura conjunta y ella participó. Por primera vez nos vimos las caras a través del Zoom. El clic fue instantáneo.

Casi dos años después, Lorena W. se ha convertido en una de mis amigas cercanas. Hemos creado un club de lectura de libros en inglés; en el mundo virtual nos conocen como “Las Lores”. Gracias a nuestro vínculo hemos contagiado a varias mujeres, de distintos países, del bichito de la lectura.

Hace poco estuvo de viaje por Quito. Su visita fue el pretexto perfecto para reunirnos con otras lectoras ecuatorianas. Era la primera vez que todas nos veíamos en persona. La charla nos fluyó como si fuésemos amigas de toda la vida. Compartimos anécdotas que fueron más allá de los libros leídos. Y por eso escribo estas líneas, porque la virtualidad tiene un poder excepcional, que bien aprovechado genera vínculos estrechos y fuertes. Me siento agradecida de saber que el confinamiento por la pandemia tuvo consecuencias positivas.

Espero que con mis palabras se motiven a buscar, escribir, llamar a esas personas que aparentemente están lejos, pero que, con solo un clic pueden estar muy cerca.

Trauma y dolor heredados

Elif Shafak, reconocida escritora turca, exploró el trauma heredado —o lo que se conoce en inglés como ‘inherited pain’en su novela ‘La isla del árbol perdido’ (2021). La obra está contextualizada en el conflicto de Chipre, en el cual griegos y turcos chipriotas se enfrentaron en una devastadora guerra civil que hasta la fecha no se ha resuelto definitivamente. Un tercio de la isla permanece bajo el régimen de Turquía.

El tema principal es ese trauma heredado. Se narra el romance de Defne, chipriota turca, y Kostas, chipriota turco, una pareja que vive un periplo similar al de Romeo y Julieta. Sin embargo, acá no muere nadie, pero sí deben huir a Inglaterra y olvidarse de sus respectivas familias para siempre. En el país inglés consiguen comenzar de cero… o eso creen. Por que Ada, su hija, lleva una carga, un dolor y un trauma que desconoce. Si bien, ella nunca ha pisado Chipre y sabe lo mínimo sobre el pasado tormentoso de su padre, las raíces físicas y genéticas la arrastran a emociones que no entiende.

¿Es posible que carguemos con el dolor de nuestros padres, abuelos, bisabuelos? Sí, es posible. Para explorar más sobre este tema, leí también ‘Oveja negra’ de Cynthia Wright (2022). Su obra no es una novela; es un título de no ficción y de sanación personal. La ecuatoriana cuenta sobre todas las terapias que ha hecho a lo largo de su vida para reconciliarse con su pasado y con el de sus antepasados. En su búsqueda encontró constantes entre los miembros de su familia: enfermedad, dolor, suicidio. ¿Por qué se repiten esos patrones? Dispuesta a cortar el círculo, encontró respuestas claras para una situación que creía irreversible.

Lo mismo ocurre en la novela ‘La distancia que nos separa’ de Renato Cisneros (2021). El periodista y escritor peruano se atrevió a publicar una suerte de biografía sobre su padre, el temido Luis Federico, ‘El Gaucho’ Cisneros, ministro del Interior y de Guerra en los gobiernos de Francisco Morales Bermúdez y de Fernando Belaunde Terry, respectivamente. Pero, su texto no tiene el propósito de ventilar los trapos sucios de ‘El Gaucho’, sino que busca a través de la vida del padre y del abuelo, encontrarse a sí mismo. Cisneros se da cuenta de que repite patrones, de que tiene miedos que no son suyos. La novela hace una profunda exploración sobre los traumas heredados.

Les recomiendo indagar más sobre este tema. Es evidente que, para entendernos mejor debemos mirar hacia atrás, sanar heridas antiguas, curar el dolor de nuestros antecesores y permitirnos un borrón y va de nuevo.

Contradicciones

Habrá quienes recuerden el poema ‘Hombres necios’ de Sor Juana Inés de la Cruz. La mexicana lo escribió en el siglo XVII; y sin duda fue una mujer adelantada para su época. Ya desde entonces, y desde su condición de persona de fe, señalaba al hombre como censurador y agitador del género femenino. Para quienes no hayan leído dicho texto, les comparto sus dos primeras estrofas: “Hombres necios que acusáis/ a la mujer sin razón, / sin ver que sois la ocasión/ de lo mismo que culpáis: /si con ansia sin igual / solicitáis su desdén, / ¿por qué queréis que obren bien / si las incitáis al mal?”.

La poeta hacía énfasis, de acuerdo con su tiempo, en que el hombre, por un lado, veneraba o anhelaba a la mujer inmaculada, pero por otro, buscaba fuera del matrimonio la perversión. La esposa y su imagen perfecta, educada, callada y prudente. La amante atrevida, desinhibida y a la sombra. Un debate similar al que luego se conocería como: ángel del hogar versus ‘femme fatale’. Un enclave que no deja de dividirse entre opiniones que llegan a ser contradictorias. ¿Qué se espera de la mujer en sus distintos roles?

Siglos después, en el XIX, aparecerán figuras como la de Concepción Arenal, pensadora, escritora y pionera del feminismo español (al igual que Emilia Pardo Bazán) que sacarán a relucir otras contradicciones que encasillarían a nuestro género. En su ensayo ‘La mujer del porvenir’, la autora reclamaba que una mujer pueda ser la madre de Dios, pero que no tuviera potestad para convertirse en sacerdotisa y guiar a la Iglesia. Que pueda ser monarca, pero que no pueda ocupar un cargo directivo en una empresa pública o privada. Contradicciones que la autora acusaba como de falta de razón y justicia.

Seguramente hoy en día, mujeres como Sor Juana y Concepción estarían orgullosas de los pasos caminados por el género femenino. Sin embargo, las contradicciones siguen. La mujer debe atender a los hijos, velar por el bienestar y funcionamiento del hogar, pero recibe remuneraciones salariales inferiores que un hombre. La mujer es mal vista cuando pide permiso para ausentarse de horas laborales para asistir a compromisos académicos o de salud de sus hijos. ¿Y al hombre? ¡Ah! Es que ellos no se encargan de esos trámites, aunque los hijos sean de ambos.

En ciertos contextos, las mujeres ocupan puestos de trabajo por llenar plazas y cumplir con porcentajes mínimos requeridos para decir que son empresas inclusivas. Pero no llegan a ejercerlos por sus capacidades o talento.

Estas contradicciones todavía están por resolverse.

La correspondencia y otras nostalgias

Hace poco terminé de leer la novela ‘Last Letter from your Lover’ (La última carta amor) de la británica Jojo Moyes. Narra la historia de un amor imposible, en los años sesenta, que queda documentado a través de la correspondencia que los amantes sostuvieron durante su romance prohibido. Cuarenta años después, una periodista encuentra las cartas y se dedica a investigar qué fue de aquella pareja. Se obsesiona con reconstruir la historia y anotarse un puntazo con su editora. No les voy a contar el desenlace porque arruinaría la intriga. Si no son lectores, hay una adaptación disponible en Netflix.

Lo cierto es que esa trama no ha salido de mi sistema. No porque sea una joya literaria, sino porque tocó un tema que desde hace tiempo me viene dando vueltas. Dentro de algunos años desaparecerán las generaciones de la correspondencia y nos quedaremos únicamente con la de los emails y las redes sociales. Yo estoy entre ambas. Hasta mis 16 años escribí cartas a mano para mis amigos que vivían en el extranjero; incluso para mis primeros novios. ¡Todo lo que se podría descubrir a partir de esas letras!

Incluso para escribir novelas, ensayos, guiones cinematográficos, inspirados en una época o personajes, se ha recurrido a fuentes primarias como la correspondencia. De la lectura de cartas se ha obtenido información valiosísima sobre relaciones personales, sentimentales o laborales. Tramas de espionaje se han inspirado a través de la correspondencia entre políticos o militares.

Es por lo que, con el afán de seguir en la lectura epistolar encontré otra novela, esta vez ambientada en el primer cuarto del siglo XX. En ‘Last Christmas in Paris’ (La última Navidad en París) la trama se va construyendo exclusivamente por el intercambio de correspondencia entre todos sus personajes. Se sitúa durante la Primera Guerra Mundial y Thomas escribe desde las trincheras a Evie, la hermana menor de su mejor amigo que ha fallecido en el frente. Evie, impotente ante la situación del conflicto bélico comienza a publicar su sentir en una columna periodística. Las voces del editor del periódico, de la mejor amiga de Evie, de Will, el hermano que fallece, y la madre de Evie muestran con crudeza los horrores de una guerra que debió durar pocos meses y que terminó arrastrando por varios años a todo un continente.

Me pregunto cómo se reconstruirán las historias dentro de 100 años si las bandejas de correos electrónicos se vacían constantemente. ¿Qué sucederá cuando Mark Zuckerberg apague Facebook e Instagram? ¿En qué nos basaremos para reconstruir vidas ajenas si son pocos los que llevan diarios y no agendas digitales? Es curioso, pero no puedo evitar la nostalgia. Después de leer estas novelas he decidido que comenzaré a escribirle cartas a mi hija, a mi esposo, a mis padres… Quiero dejar constancia de mis sentimientos grabados de mi puño y letra.

* Para escribir a la autora, presiona aquí.

Revisión Técnica Vehicular, una misión imposible

La placa de mi vehículo termina en 1. En los últimos nueve años he pagado las tasas de matriculación y revisión en febrero. Este 2022 fue la excepción. El servicio de la revisión técnica vehicular no estuvo habilitado según la calendarización habitual.

Sin presentar información oportuna y a través de las redes de la Agencia Metropolitana de Tránsito (AMT), en ese entonces, el Municipio insinuaba que los quiteños hiciéramos el trámite en otro cantón. ¡De ninguna manera! Me negué rotundamente. Ir a Rumiñahui o Mejía suponía una odisea para quienes trabajamos, estudiamos y vivimos en Quito.

El trámite debe realizarse donde corresponde. La negligencia era de la institución y no de los ciudadanos. Como las redes sociales explotaron con semejante ‘sugerencia’, se nos advirtió que la calendarización iniciaría en julio y que no habría multas. Obvio. ¿Qué más se podía esperar?

La primera semana de julio cancelé el valor correspondiente a la revisión técnica vehicular. Apenas registré mi pago, alrededor del 6 de julio, comenzó mi periplo para sacar una cita para la revisión. En esos primeros días de julio la página colapsó. Cuando por fin se conseguía acceder a la sección de turnos, ¡Paf! Como por arte de magia la página se refrescaba y aparecía el mensaje de que el turno ya había sido seleccionado por otro usuario. En ese entonces, la única plaza disponible era la del Bicentenario. Nuevamente las redes sociales se incendiaron.

Desde el 15 de julio se abrieron otros centros de revisión. Sin embargo, el número de turnos no fue suficiente para el número de usuarios que esperaban por el trámite. La AMT advirtió que los vehículos de placas 1 y 2 podrían hacer su trámite en agosto sin multas ni recargos.

Un mes después sigo sin obtener un turno. He ingresado a la página todos los días, en distintos horarios, a veces de madrugada. Pienso con optimismo “esta vez voy a tener suerte”. Sin embargo, me doy cuenta de que esto no es la lotería. No es cuestión de suerte. No debería ser tan desgastante obtener un turno en línea. No debería ser una pérdida de tiempo para los ciudadanos. La revisión técnica vehicular se ha convertido en una verdadera misión imposible. Me pregunto si también será imposible para la AMT multarnos por no haber realizado el trámite a tiempo. En las condiciones actuales, espero lo peor.

El audio y el libro, el nuevo dúo dinámico

Cuando era niña, fantaseaba con ir a la casa de mis primos por dos razones fundamentales: el Castillo de Grayskull de Felipe; y la colección de Cuenta Cuentos de Salvat de María Fernanda. No había mejor experiencia que la de escuchar un relato a través de la casetera, mientras sostenía el cuento ilustrado entre mis manos. Cada campanazo indicaba que debíamos darle vuelta a la página. En ese entonces apenas sabía leer, pero ya sentía una profunda atracción por los libros. No recuerdo qué sucedió con esa colección. Tampoco recuerdo cuándo desistimos de escucharlos. Seguramente nos cansamos de repetir una y otra vez las mismas historias. O simplemente crecimos y descubrimos nuevas formas de entretenernos.

Treinta años después, recuperé la posibilidad de escuchar historias en un dispositivo electrónico. ¡Y debo confesar que me encanta! Si, bien, soy una lectora empedernida que ha jurado leer todos los días de su vida, mientras mis ojos lo permitan. También he descubierto que lavar platos, tender camas, caminar por el barrio, hacer ejercicio y manejar se vuelven más llevaderas en compañía de una buena historia.

El audiolibro nunca será comparable con el libro impreso. Ojear sus páginas, olerlas, sentirlas… Además, la lectura tiene beneficios únicos: mejora la ortografía, la gramática y la capacidad de concentración. Cuando se escucha un audiolibro se hacen otras actividades que distraen, pero leer requiere atención absoluta.

Sin embargo, el audiolibro tiene bondades. Un estudio de la University College de Londres reveló que las emociones que se viven con un audiolibro superan a las que se sienten al ver la televisión. La inflexión de voz, la caracterización que hace el narrador, mueven las emociones del oyente y potencian su imaginación.

Y para muestra un botón. Lloré desconsoladamente con el audiolibro de Los Cuatro Vientos y ni les cuento del susto que me di con Rosemary’s Baby, narrado por Mia Farrow. Estaba en la cocina preparando el almuerzo mientras lo escuchaba, la historia me tenía con los pelos de punta. En eso, entra sigilosamente mi hija y me toca por la espalda para decirme: “Ma”. Grité, salté y también la asusté a ella. Sí, confirmo que los audiolibros superan con creces las emociones que produce la televisión.

No puedo cerrar este texto sin comentarles que las plataformas de audiolibros compiten a la par con Netflix y Spotify. Storytel, Nextory, Pocket FM, Audible tienen miles de suscriptores. De hecho, según cifras publicadas en La Vanguardia, el mercado global de audiolibros era de $4.000 millones en 2020, la proyección para 2030 supera los $20.000 millones. ¿Usted ya es parte de ese mercado? No dudo de que pronto se rendirá ante la tentación.

Turismo invasivo

Escribo estas líneas desde Cartagena de Indias. La bella ciudad amurallada, que imprime su personalidad a través de su arquitectura. Mientras recorro sus plazas y calles me reconecto con otros destinos hispanoamericanos. Hay momentos en que siento que podría estar en San Miguel de Allende, en México, o en la antigua Habana, o en pueblos del sur de España. Lo cierto es que, la identidad latinoamericana se hace presente con los timbales, la vestimenta caribeña, uno que otro acordeón que todavía entona algún vallenato y el aroma del café que invade ciertos rincones. Esos elementos que reafirman que he visitado Colombia. Aunque la mayoría de los puestos de servicio: hoteleros, gastronómicos, de transporte, estén ahora a cargo de venezolanos.

Viajar. Salir de vacaciones siempre es una experiencia mágica. Desde la emoción de empacar una maleta y luego desempacarla en el lugar de destino. De conocer los lugares sugeridos, hasta descubrir otros inexplorados.

Pero, también es cierto que la vivencia turística de destinos como Cartagena ha perdido un poco su esencia. Es inevitable que el crecimiento de la población mundial y la expansión de la clase media en particular amplíe las posibilidades para más personas de viajar y recorrer el mundo. Lo cual resulta beneficioso para el sector turístico, que va implementando nuevas estrategias para complacer a unos y sorprender a otros. El abanico se expande. Pero también se abre la oferta informal.

Y esa experiencia se puede tornar invasiva. Muchos turistas buscamos desconectar de nuestra propia realidad. Queremos disfrutar de ese privilegio de caminar de la mano de la persona amada, de mirar apaciblemente la puesta de sol en una ciudad encantada. Momentos que, en la vorágine laboral, suelen relegarse. Lastimosamente, en plenas vacaciones, esos espacios se ven invadidos por la oferta informal. Ayer, mientras mi esposo me miraba y hablaba al oído (como si fuéramos dos adolescentes), un dúo de raperos sin mascarilla nos cantó una copla ingeniosa que arruinó nuestro momento romántico. Durante 20 minutos de caminata por la ciudad amurallada tuvimos que decir “no, gracias” a no menos de 30 vendedores ambulantes. Fuimos perseguidos por una señora de atuendo caribeño que insistía en que nos saquemos una foto con ella. Cuando finalmente nos sentamos en una plaza, los artistas callejeros usaron nuestra mesa como vitrina de anillos, pulseras, vestidos y pareos.

¿En qué momento el turismo se volvió tan invasivo? Seguramente los años de pandemia lo intensificaron. Hay pobreza, hay hambre, hay necesidad. Hay necesidad de cazar turistas y aprovechar hasta el último recurso que esas personas puedan dejar.

Elvis: corto reinado, eterno legado

Las “biopic” se han convertido en mi género cinematográfico preferido. Más aún cuando son retratos bien logrados de alguna legendaria estrella de la música. Soy nostálgica. Y también soy de esas que creen que la verdadera música murió cuando el flow y el reguetón se convirtieron en los mayores éxitos a nivel mundial.

Por eso, me regresa la esperanza cuando Hollywood hace lo propio y pone en la pantalla grande películas taquilleras como ‘Bohemian Rhapsody’, ‘Rocketman’ o ‘Elvis’. Bajo el efecto de las tendencias, esos repertorios de antaño vuelven a sonar en dispositivos modernos y se colan entre las nuevas generaciones. Porque, me atrevo a asegurar, que quienes ya fueron al cine a ver ‘Elvis’, salieron directamente a reproducir sus canciones en Youtube o Spotify. Y no será de sorprenderse que en pocas semanas se pongan de moda las chaquetas de cuero, los peinados engominados y que en las fiestas de quince años los chicos vibren al ritmo de ‘Hound Dog’. Porque, definitivamente, pocos escapan del marketing hollywoodense.

Precisamente ese es uno de los mensajes más potentes de la película, la manera en que el propio Elvis Presley fue tratado por el coronel Tom Parker como un producto para enriquecerse. El representante nunca veló por los intereses musicales del cantante, sino por sus propios compromisos por las marcas y personas que lo patrocinaban.

Con un ritmo vertiginoso, en una propuesta tipo collage de imágenes, y con escenas sugerentes, la película pasa revista a la vida de la estrella del rock siempre desde la mirada de Tom Parker. Son alrededor de 160 minutos que provocan movimientos involuntarios entre los espectadores y que hasta puede sacar una que otra lágrima. La reproducción de los últimos conciertos que dio el propio Elvis Presley en Las Vegas es rigurosa, quienes han visto esas imágenes no tardarán en emocionarse por la prolija evocación del pasado.

Si bien, el largometraje deja ciertos vacíos sobre los años de Elvis en Alemania o su paso por Hollywood (que fue su catapulta a la fama mundial), deja ver con absoluta coherencia la influencia que recibió de ritmos como el gospel y el blues; asimismo, su fenomenal capacidad para conectar con el público, especialmente con el femenino. Muestra también su faceta de activismo social y político, su absoluto rechazo al racismo sureño y su ímpetu por cantar por pura satisfacción personal. Elvis vivía por y para la música. En sus horas fuera del escenario se convertía en una suerte de fantasma, atormentado por la paranoia.

Su carrera musical pudo ser más extensa. Su influencia mayor. Su estabilidad emocional pudo controlarse. Lastimosamente fue tratado como un souvenir de moda. Lo cierto es que a pesar de que su reinado fue corto, su legado será eterno. ¡No dejen de ver la película ni de menear la cadera cuando lo hagan!