Contando muertos

Pasamos de contar los muertos de la pandemia, a contar los muertos de las cárceles. Lo primero obtuvo una respuesta eficaz del gobierno mediante su plan de vacunación; lo segundo, tan solo inoperancia e indiferencia. Hoy, el presidente Guillermo Lasso carga sobre su espalda una maleta muy pesada: casi 300 reos muertos en su primer año en Carondelet.

Sea en Guayaquil, Cuenca o Santo Domingo, la sangre sigue corriendo en los pabellones, en medio de una guerra entre bandas que no da tregua y no encuentra freno en el poder estatal que, además de débil, es ineficiente. Si bien es cierto que, tal como el gobierno se ha encargado permanentemente de recordarnos, la crisis carcelaria es un problema heredado de las presidencias pasadas, es evidente que el argumento de “la culpa es de Correa”, perdió vigencia y sentido. Lo que se requiere ahora es que el problema sea atendido y entendido integralmente, con menos excusas y sinsentidos. Para la defensa de la vida, incluso la de los privados de libertad, no hace falta más politiquería.

Una historia aparte es la de las Fuerzas Armadas y la Policía, a quienes con sobradas razones, la ciudadanía observa con recelo. Mal haríamos en estigmatizar a todos sus miembros, pues, muchos están dispuestos a dar su vida por nuestra seguridad en el cumplimiento de su deber; sin embargo, existen hechos que no pueden justificarse, sino desde la sospecha. La facilidad con la que operan las mafias y el narcotráfico, incluso desde las cárceles, no puede ser posible ni puede ser tan gratuita, ¿no le parece? Lasso lo sabe y he llegado a pensar que en esa tarea se encuentra muy solo y desconfiado. De otro modo, ¿a qué se deben los frecuentes cambios en las cúpulas y en los liderazgos en los órganos de defensa del Estado?

Que los 34 reos muertos del 21 de julio de 2021, los 119 del 29 de septiembre de 2021, los 68 del 13 de noviembre de 2021, los 20 del 4 de abril de 2022 y los 44 de la última revuelta del 9 de mayo pasado sirvan de testimonio para poner en evidencia que el Estado y su poder no existen en las cárceles del país. Entonces, ¿quién es el “fallido”? ¿El Estado o el gobierno? Juzgue usted, estimado lector.

@ItaloSotomayor

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¿Narcodemocracia?

Era marzo de 2008 y yo tenía aún 16 años. La televisión recogía con premura la noticia del momento: Raúl Reyes, líder de las FARC, había sido asesinado tras una operación militar en Colombia en territorio ecuatoriano. Correa, nuestro presidente en aquella época, no tardó en reaccionar y pedir la unión nacional y regional para condenar la violación a la soberanía territorial. Tiempo después, por iniciativa del propio Correa, se creó una comisión de notables para investigar los hechos de Angostura. ¿Las conclusiones? El país había cedido a la influencia de la guerrilla y el narcotráfico.

Las cosas como son: Ecuador está dominado por las mafias. Los narcos y su poder corruptor que ha logrado penetrar, con absoluto éxito, todo el aparato estatal. La droga y su dinero sucio, ha pagado y seguramente lo sigue haciendo, campañas electorales, contratos públicos, absolución de penas y comercios con “apariencia corporativa”. La conspiración pública y privada, se han constituido en el vehículo de éxito para que el crimen viva y sobreviva, además de impune, sin remordimientos. Así de arrinconada se encuentra nuestra “democracia”. De allí, entre otras causas, el atroz deterioro de la moral pública. Y es que vivimos en un país de corruptos y traidores, de mudez colectiva y conciencias lavadas. Sin el compromiso de los actores sociales para frenar la narco-bonanza, la inseguridad ciudadana y el desorden institucional.

El narcotráfico no es más un asunto “fronterizo”, es un fenómeno con ramificaciones y secuelas en todo el país. Aquí el crimen organizado no actúa solo, tiene la bendición del poder político y de un sospechoso escudo policial y militar. ¿Qué hay en el medio de todas estas discusiones? La democratización del país. Un asunto vital y necesario para la construcción definitiva de la nación, pero que seguirá condenado a ser postergado y quizás, quién sabe, a ser definitivamente olvidado.

 @ItaloSotomayor

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Elon Musk, en 280 caracteres

Twitter es la red de la conversación. Puede que tenga 10 veces menos seguidores que YouTube, Facebook o Instagram; sin embargo, es la cara visible del pensamiento de políticos, periodistas, organizaciones sociales, filántropos y más. Tener control sobre esta compañía, más allá de su millonario precio, significa convertirse en un intermediario fundamental para la libertad de expresión, la prensa y la democracia; mucho más cuando se sabe que los espacios digitales requieren una mayor transparencia en sus algoritmos y una promoción más sincera e inclusiva para el discurso.

Durante años, los Estados han sido especialmente duros con las plataformas digitales y el control que tienen sobre el contenido que es compartido por sus usuarios. Las fake news, el discurso de odio o discriminatorio, y la publicación de material sensible son solo algunos de los males con los que han estado luchando. Musk lo sabe, pero aun así, ha apostado por auto posesionarse como el nuevo “paladín” de la libertad de expresión; un derecho que, amasado en un solo hombre, puede ya tener precio: 44 mil millones de dólares. Pero, ¿qué tan amplia es la “libertad de expresión” de la que tanto habla? ¿Una en la que se acepta cualquier actividad negativa sin ningún tipo de censura? ¿Una en la que se ve con buenos ojos el discurso e ideología de personajes tan polémicos como Trump o Putin? ¿Una en la que se tolera los insultos y abusos contra las minorías? Parece que se le olvida que Twitter es lo más cercano a una “plaza pública”, en la que existe libertad, pero también moderación.

Pero no nos engañemos. Más allá de los supuestos y filántropos fines que dice tener, él ha comprado datos. Los tuyos y los míos, esos que aceptamos cuando creamos nuestras cuentas haciendo clic en cada casillero o los que validamos con cada actualización de la plataforma. Para Musk somos eso: un producto, un perfil, un número y muy especialmente, su vía para monetizar Twitter. No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

@ItaloSotomayor

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País o paisaje

Todos tenemos a un familiar, amigo o conocido, que ha sido víctima de la delincuencia. También, estoy seguro, todos conocemos a alguien que mira con amargura la realidad nacional y se plantea, muy seriamente, migrar a otro país. No dudo, tampoco, que entre nuestros allegados exista quienes han fracasado con sus negocios y emprendimientos. Y, finalmente, habrá más de uno que esté arrepentido de haber votado por Lasso. ¿Es normal y hasta cierto punto justificable tanta desesperanza?

Analice por un segundo cómo es su día a día. Dejar de salir o llegar temprano a casa por temor a ser asaltado o asesinado por la bala perdida de un sicario. La cantidad de candados, llaves, cámaras, rejas y más, a las que hemos sometido a nuestras casas como mecanismo preventivo por la inseguridad. Es que ya no importa la estética o la arquitectura de nuestros barrios, tan solo sentirnos un poco más protegidos. O estar esperando que cambie el semáforo a verde y tener que mirar con sospecha y recelo a todo al que tenemos cerca. O verse impedido de visitar un parque, malecón, plaza o cualquier otro espacio público por precautelar la integridad de su familia. ¿Quiere saber qué es lo peor de todo esto? Que nos hemos acostumbrado a vivir así por tanto tiempo, que ya nos termina resultando “normal”.

Ni se diga de la impunidad e injusticias a las que nos tienen acostumbrados nuestros juzgados y tribunales, tomando decisiones para unos cuantos privilegiados, al ritmo y acomodo a la que tan solo ellos tienen derecho. Mientras tanto, el común de los mortales debe resignarse a que sus causas sean atendidas durante años, en medio de tropiezos y una administración de justicia que no tiene reparos en quitarse la venda de los ojos para no ser tan ciega cómo debería ser. Si le queda duda, recuerde lo sucedido con Glas y su habeas corpus exprés en Manglaralto. ¿Quién puede animarse así a que sus problemas sean resueltos por individuos poco probos?

Todos tenemos derecho de sentir hastío, cansancio e incredulidad frente a un país que parece darnos la espalda. Ecuador se ha convertido en un lugar que no ofrece abrigo, protección y seguridad e incluso, en un muy mal lugar para criar a nuestros hijos. Es que aquí hace mucho dejamos de vivir para preocuparnos por sobrevivir. Bien dice un querido amigo: “no somos un país, tan solo un paisaje”.

@ItaloSotomayor

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¿Gobernabilidad?

El presidente Guillermo Lasso, tras la negativa de la Asamblea a su Ley de Inversiones y reconfirmar que está solo (muy solo) en el gobierno, decidió contraatacar políticamente. Abandonó su discurso de conciliación y encuentro para denunciar a un grupo de asambleístas que, a cambio de sus votos, pidieron dinero, cargos y contratos. Denunció también a Xavier Hervas, la cara más visible de la Izquierda Democrática, ante un supuesto pedido de ayuda para que el SRI se haga de la vista gorda con sus inconsistencias tributarias. No obstante, aunque las denuncias son válidas, tardaron horas o quizás días (eso nunca quedó claro), en ser expuestas a la opinión pública, ya que, a decir de su entonces vocero presidencial, se esperaba que los asambleístas actúen con una mínima dosis de patriotismo y aprobaran su tan cacareada ley. Mire nada más, ¿qué le parece?

Seguro hay quienes dirán que no hace falta hacer tanto drama con los tiempos de Lasso y sus denuncias, pues, la Fiscalía ya ha iniciado sus investigaciones. Si lo pensáramos así, parecería que debemos dejarlo pasar, superarlo y esperar que Diana Salazar pronto nos tenga novedades. Al final, seguirán diciendo algunos, son los cálculos normales de la política y hay que aprender a convivir con ellos. Pero, vamos más despacio. El gobierno hizo una acusación fuerte, que naturalmente debe probar. Habla de un delito (concusión) que la ley sanciona con una pena privativa de libertad de 3 a 5 años. ¿No era más honesto y ético, denunciar inmediatamente estos hechos, sin esperar los resultados en la Asamblea? Si la Ley de Inversiones era aprobada, ¿el gobierno hubiese callado? Lo sucedido deja más dudas que certezas, ¿no cree?

Lasso decidió poner en evidencia, en pleno año electoral, a varios actores políticos. Empezó con Pachakutik y sus asambleístas, luego con Hervas y la Izquierda Democrática y aprovechó, como para que nada quede suelto, el reportaje de un diario sobre los bienes del exesposo de Cynthia Viteri para seguir pidiéndole a la fiscal general, que investigue también lo que pasa en Guayaquil. Es decir, señaló directamente a tres fuerzas políticas distintas, con las cuales muy difícilmente volverá a construir acuerdos; ni se diga con el PSC, de quien se divorció ni bien llegado al poder, tras no cumplir las cuotas que se le exigían en el Legislativo. Como lo ha dicho Lasso, le tocará gobernar sin la Asamblea, mediante decretos e, incluso, por consulta popular. ¿Y que pasó con la muerte cruzada? Nada; esa era la principal recomendación de la saliente ministra Vela. Sin embargo, la idea ya ha sido calificada como un “camino fácil” que no está en la órbita de las nuevas caras que el presidente ha incorporado a su gabinete. ¿Lo sucedido marca un punto de no retorno entre ejecutivo y legislativo? ¿No hay más camino que ir a una consulta popular para promover reformas políticas? ¿Alguien pueden dejar de pensar en las elecciones del 2023? Veremos.

@ItaloSotomayor
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¿Muerte cruzada?

Desde que Correa, amagaba en el 2017 con utilizar el comodín de la muerte cruzada, no se hablaba con tanta frecuencia de esa posibilidad ahora con Lasso en el poder. El debate se ha volcado nuevamente a este tema ante el hastío nacional hacia la Asamblea y sus muy cuestionables decisiones en este primer año de gestión. Nadie se siente representado y se ve con desasosiego que el anterior período legislativo no se diferencia en nada al actual: pactos, repartos e inmoralidad. Eso y más, ha hecho que meditemos en que aquella facultad constitucional que tiene Lasso en sus manos de mandar a todos a sus casas (él incluido), no pinte mal ante la falta de consensos, empleo y repunte económico. Aunque suene bonito, permítame decepcionarlo: ¡No va a pasar!

Haga de cuenta que usted es Lasso y está sentado en su despacho en el Palacio de Carondelet. Mira hacia atrás y se da cuenta de que desde el 2013 está intentando llegar a la presidencia y que después de mucho esfuerzo y capricho, finalmente lo logró. Y no solo que cumplió un sueño personal con el que pudo cambiar su bio en Twitter, sino que también lo hizo venciendo en las urnas al candidato de la fuerza política más influyente de los últimos años. Viendo ese panorama, ¿cree usted que Lasso puede plantearse sacarse la banda presidencial e irse a su casa? Pero sigamos con el mismo ejercicio. Mira usted las encuestas de hace menos de un año, las compara con las de estos días y es consciente que si se convoca a nuevas elecciones, sencillamente no vuelve a ganar, no le dan los números. Por lo tanto, una eventual reelección es de pronóstico reservado. Sabe, también, que nada garantiza que su bloque actual de asambleístas sea ratificado en las urnas y que las alianzas electorales, al menos con Nebot y el PSC, son una puerta que no se volverá a abrir. Puede acudir al electorado decepcionado con Pachacutik o la Izquierda Democrática, pero requiere de un esfuerzo nacional y de un equipo operativo que ni siquiera en su actual gobierno parecería tener. En resumen, en el terreno político, es más lo que podría perder que lo que podría favorecerle.

¿Aún le queda duda de que el paisito se maneja desde el cálculo político? Las cuotas de poder, los compadrazgos, las alianzas a la media noche y la interferencia en las instituciones es el menú de nuestra historia republicana. No habrá muerte cruzada, la Asamblea seguirá bloqueando los proyectos de Lasso y el elevará sus plegarias para que el fantasma del ministerio de la ley le funcione de cuando en cuando. ¿Es mucho pedir un mínimo de gobernabilidad?

@ItaloSotomayor

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Pase, siga, incendie Quito

Aunque Guadalupe Llori se esfuerce y nos quiera distraer con sus declaraciones, lo hecho por la Asamblea Nacional es sencillamente impresentable. Que 99 asambleístas, dizque motivados por fortalecer la paz y armonía social, hayan decidido amnistiar a 268 participantes de los delitos de octubre de 2019, es una invitación abierta y gratuita para que cualquiera, escudado en su origen o en un supuesto ejercicio del derecho a la resistencia, tome posesión ilegítima de bienes públicos, bloquee carreteras y paralice las actividades productivas del país. ¿Acaso lo sucedido hace tres años fue protesta social? ¿En serio alguien puede creer que era necesaria la amnistía para “reconciliar al país” tras estos hechos?

 Los “luchadores populares” (así los llaman en la Asamblea) hoy perdonados, podrán caminar, como usted y yo, por las calles del país o incluso, ejercitar sus derechos políticos en apenas unos meses en las elecciones del 2023. Y es que para el cinismo legislativo, incendiar la Contraloría, lanzar bombas a un canal de televisión, saquear comercios, secuestrar y vandalizar el país, agredir a la Policía Nacional y mucho, pero mucho más, se trata de delitos políticos que deben ser premiados con impunidad. Pero, ¿se ha puesto a pensar en quiénes, además de los amnistiados, se benefician con esta decisión? ¿La minería ilegal, los traficantes de tierras, los ambientalistas camuflados? ¿Iza, Vargas, la CONAIE? No tengo pruebas, pero tampoco dudas.

Consulte, revise e indígnese con los 99 personajes que traicionaron a Quito y al país. Esté atento porque más temprano que tarde, disfrazados con la misma conveniencia y complicidad, le volverán a pedir su voto para ser ratificados en sus curules o en sus aspiraciones para cualquier otro cargo de elección popular. Recuérdelos, anótelos y no los olvide, que al menos por esta vez, la memoria popular no sea frágil y, especialmente, no perdone, ni admita disculpas; el daño ya está hecho. Ya va siendo hora que nos planteemos mandar a sus casas a la inmoralidad y desvergüenza de los asambleístas. La idea de la “muerte cruzada” cada vez me gusta más, ¿a usted?

@ItaloSotomayor

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¿Niños feministas?

Si hoy tuviera un hijo, lo educaría en feminismo. ¿Loco? No, más bien muy sensato. El hombre machista, alguna vez fue niño y muy seguramente, desde su primera infancia, vivió dentro de una estructura patriarcal. Siguió creciendo, llegó a la adolescencia y normalizó la desigualdad y el menosprecio a las mujeres. Pasan los años y en la adultez, ya es una víctima del tiempo y el sesgo que lleva dentro, lo replica en sus actividades de crianza como padre. ¿No cree, entonces, que para evitar la dominación masculina del debate y de los espacios sociales, requerimos de niños educados en igualdad y sin estereotipos de género? 

 Que el mundo sea más justo e inclusivo con las mujeres depende en gran parte de lo que se enseñe a los niños en casa. Parece un concepto gastado o una muletilla sin sentido, pero hay demasiados motivos para esto. Imagine al niño que observa que tanto su padre como su madre colaboran equitativamente en las tareas del hogar, promoviendo que sean también compartidas por él y sus hermanas. O el niño que disfruta de una verdadera crianza conjunta, con la presencia activa de su padre, que entiende que no “ayuda” en su cuidado, sino más bien, que es una “tarea de dos”. O el niño que ve lo educado y gentil que es su padre con las mujeres, no porque las considera débiles o vulnerables, sino porque merecen su respeto y ser tratadas igual. ¿No cree que un hogar así puede construir un niño más honesto y justo con las mujeres?

Soy lo que soy gracias a las mujeres de mi vida: mi mamá y mis hermanas. Puedo decir, con absoluta certeza, que fui criado desde el feminismo, por lo que quiero en el futuro lo mismo para mis hijos, si llego a ser padre. Gracias a mi familia, aprendí que el feminismo no es un concepto demoniaco que odia a los hombres, sino más bien, un movimiento que pretende la igualdad y la deconstrucción de esta sociedad patriarcal que lo único que ha hecho es crear un inmerecido sistema de privilegios y poder para los hombres. De allí la importancia de “desaprender”, de quitarnos los estigmas, la cultura impuesta, los cánones de género. Para lograrlo, un buen punto de partida es la educación desde el feminismo, ¿no cree?

@ItaloSotomayor

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El CPCCS, un meme

Por Italo Sotomayor Medina.

Desempolve su Constitución y ubique el artículo 207. ¿Listo? Empecemos. Según ese artículo, el Consejo de Participación Ciudadana y Control Social (CPCCS) tiene como misión promover el control de los asuntos de interés público, así como la designación de autoridades por concurso de méritos y oposición. Si se quedó con curiosidad, siga con el 208 y empápese de los deberes y atribuciones del Consejo; seguro le llamará la atención aquello de que debe estimular la deliberación pública, luchar contra la corrupción y establecer mecanismos de rendición de cuentas. Linda la verborrea de la década pasada, ¿no cree?

Como la Constitución fue redactada para una sociedad ideal, que respeta la institucionalidad y que cuenta con autoridades de gran madurez política, nada de eso es posible materializarlo en la realidad nacional. Tan solo recuerde por un segundo lo sucedido hace unos días: fuerte cordón policial a las afueras del edificio del CPCCS, consejeros autoconvocados en complicidad y voz baja, resolviendo cesar a su presidenta y vicepresidente; seguramente, con fines políticos y no institucionales. Piense ahora en la imagen del “flamante” nuevo presidente a punto de sentarse, mientras le hacen una “limpia” improvisada a la silla de la presidenta saliente que, según decían quienes lo acompañaban en ese momento, estaba fría y emanaba una “rara energía”. ¡Qué belleza!

Después de este circo, ¿acaso alguien puede respetar al menos un poco al CPCCS? Si antes se movía al antojo del correísmo y luego fue fundamental para los inicios del morenismo, es sencillo sospechar que el Consejo, al menos hasta que se resuelva su desaparición, parecería serle útil a la administración actual. Vaya mire usted la rapidez con la que actuó el Ejecutivo para reconocer a Ulloa como nuevo presidente. Mientras tanto, al menos 10 designaciones de autoridades se mantienen en suspenso y con futuro incierto; entre ellas, la máxima autoridad de la Contraloría General del Estado. Pero, ¿que más da? Acá lo importante es asegurar a toda costa el poder y —¿por qué no?— volver a la designación a dedo de las principales autoridades del país. Al final del día, con Correa, Moreno o Lasso, la crisis institucional está garantizada.