Por una verdadera cultura de la competencia

Por el momento, abundan en Ecuador los impedimentos para el desarrollo de un verdadero clima de competencia económica. La Superintendencia de Competencia Económica se ve obligada a operar con escasos recursos —tanto humanos como financieros—, ante un Estado indiferente que se rehúsa a otorgarle la necesaria relevancia. No cabe duda de que la situación podría mejorar considerablemente con los debidos cambios presupuestarios e institucionales; sin embargo, también es oportuno preguntarse si es que acaso el proceder estatal no es simplemente el reflejo de una actitud nacional mucho más extendida. Una parte de la transformación debe venir, necesariamente, de arriba —de las autoridades y del marco legal—, pero otra debe venir de un profundo cambio cultural.

Ecuador necesita que cada uno de sus habitantes tenga la suprema convicción de que la competencia saca lo mejor de las personas y de las organizaciones; que, al competir, tanto los ganadores como los perdedores progresan. Es urgente entender también que, en una economía dinámica de actores competitivos, el beneficiario último es el ciudadano común, que termina accediendo a mejores productos a costos cada vez más bajos. Solo así será posible la adopción de un marco legal que facilite la inclusión de más actores, en reemplazo de aquel excluyente, lleno de barreras, que tenemos hoy para beneficio de unos pocos.

Ello requiere también desmitificar el fracaso y entender que, en un entorno competitivo dinámico, la quiebra es temporal y la reinvención, una constante. Ese cambio permitirá adoptar un nuevo marco legal que no penalice tanto el fracaso. Se debe emplear toda herramienta —la educación, el deporte, el emprendimiento— para instaurar una verdadera cultura de competencia.