La clase política no es inmune a la crisis de los partidos

Hasta la clase política ecuatoriana está sintiendo ya las consecuencias de no contar con un sistema de partidos sólido y ordenado. En el Legislativo, algunas de las principales bancadas han visto con amargura, en los últimos periodos, como algunos asambleístas abandonan sus filas y deciden seguir su propio camino. En la Función Ejecutiva, a su vez, la atosigante pugna entre el presidente Daniel Noboa y la vicepresidenta Verónica Abad ha desnudado el inevitable resultado de formar un binomio sin coincidencia de proyectos y convicciones. El permanente clima de inestabilidad que circunstancias como estas dibujan dentro de las tiendas políticas y de las instituciones distraen al país y a las autoridades de lo verdaderamente urgente.

Confundiendo las consecuencias con la causa, algunos partidos buscan reformar ahora la Ley Orgánica de la Función Legislativa para incluir como causal de destitución de un legislador la desafiliación de su partido. La propuesta, que ya se debatió hace cuarenta años, implicaría dar más poder a las aisladas cúpulas de los partidos y sumaría obstáculos al surgimiento de nuevas figuras.

A su vez, la Vicepresidenta denuncia intentos organizados de propiciar, por diferentes vías, su destitución.

En lugar de invertir en la formación de sus partidarios, de mantener su cohesión mediante un proyecto que los seduzca y los comprometa, y de convertirse en un bastión de vida, la solución que propone la ‘élite’ política es el castigo por deserción. Situaciones como estas son la consecuencia de construir partidos sobre proyectos efímeros y la participación de cuadros improvisados. Mientras no se remedie eso, no se puede esperar coherencia, mucho menos lealtad, hacia ideologías o liderazgos.