La muerte de Martha Sepúlveda

    Carlos Arellano

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    Martha Sepúlveda estaba feliz de morir, pero la presión de la Iglesia y la negativa del Comité Científico Interdisciplinario para el Derecho a Morir con Dignidad del Instituto Colombiano del Dolor impidieron a esta mujer colombiana, que padece esclerosis lateral amiotrófica, cumpla con su voluntad de acceder a un procedimiento clínico que le quite la vida.

    A Martha, no solo le impidieron el acceso a una muerte digna, le quitaron su alegría de morir y la condenaron a una vida de sufrimiento y limitaciones físicas que le restan calidad y dignidad a su vida.

    La Corte Constitucional de Colombia despenalizó la eutanasia voluntaria desde 1997, convirtiendo al país cafetero en el único latinoamericano que lo permite. Sin embargo, su aplicación está vigente desde el año 2015. En Colombia la muerte digna está consagrada como un derecho fundamental, por lo tanto, no es necesario que exista una enfermedad terminal para acceder a este procedimiento.

    La Iglesia, especialmente católica y evangélica, a raíz de la despenalización de la eutanasia y de la consagración de otros derechos civiles, ha intentado influir sobre los Estados para impedir que las legislaciones incorporen nuevos mecanismos que brinden a los ciudadanos la posibilidad de desarrollar un proyecto de vida que abarque diversos temas como el matrimonio civil entre personas del mismo sexo, cuántos hijos tener e incluso decidir cuándo morir.

    Quienes son contrarios a la eutanasia alegan que es un crimen y pecado. En el caso de Martha, ¿nos atreveríamos a decir que una vida extremadamente dolorosa y con grandes restricciones físicas es la voluntad de Dios? Una enfermedad no es parte de un plan divino, ni es el castigo por no sujetarse a los principios de cualquier religión. Si Dios es amor, en su infinita misericordia, Él no estaría opuesto a que sus hijos puedan descansar en paz.

    La lucha de Martha invita a comprender la realidad de los miles de enfermos desesperanzados y desahuciados que desean morir con dignidad; y, apreciar el esfuerzo de quienes, a pesar de cualquier sufrimiento, deciden continuar con sus vidas. La muerte asistida no es la regla, simplemente brinda la posibilidad de decidir, es decir, de elegir voluntariamente entre vivir o morir.