La mudanza

Rosalía Arteaga Serrano

Hace unos días, a una de mis hermanas le tocó hacer una mudanza, como varias de las que me han tocado a mí, con una barahúnda de cajas, maletas en las que se deposita un entreverado de libros y vestidos, depósitos para las ollas y las sartenes, entrevero de lápices, computadoras y otros artefactos tecnológicos.

Parece que el orden no va a emerger nunca de ese amasijo de recuerdos de viajes, de chales y carteras, de atisbos de los tiempos en los que los hijos eran pequeños y que no nos atrevemos a descartar, tal vez para evitar que se fuguen de la memoria, para conservar esa sensación de juventud que parece escaparse por entre los dedos.

Ayudo a mi hermana. Nos reímos al contemplar cosas que parecen fugadas de algún cuadro surrealista y que nos traen de entre los entresijos de la memoria, situaciones que arrancan carcajadas y algún que otro suspiro.

Nos damos cuenta de que acumulamos cosas que nunca vamos a necesitar y empieza la clasificación en montoncitos que crecen: cosas que se guardan en previsión de su uso, cosas para donar o regalar, otras imprescindibles que deben estar siempre a la mano, otras que definitivamente van a parar al cajón de la basura o del reciclaje, tomando en cuenta el material del que están hechas.

Así transcurren las horas y los días, hasta las semanas, cuando ya las cosas van tomando forma y empieza a emerger el orden luego del desastre universal. Los adornos lucen relucientes, los cuadros han encontrado un nuevo puesto sobre las paredes lisas, las alfombras le dan calor a cualquier habitación.

Los vestidos se han colgado en las perchas, los cajones empiezan a atiborrarse de cosas nuevas y viejas. Hay un suspiro de satisfacción cuando ya todo está en su puesto, en el nuevo que adquirieron luego del traslado.

La mudanza toma tiempo, pero vale la pena como catarsis de desalojo de cosas que no sirven y de otras que se adaptan a su nuevo uso. Salimos agotadas pero con espíritu renovado.