jueves, enero 27, 2022

Messilatría

Carlos Freile

No me ha llamado la atención que muchísimos periodistas argentinos, y algunos españoles, se hayan dedicado a lanzar lodo contra el Barcelona por haber permitido que Messi vaya a otro club. Ese coro es parte de la tendencia actual a buscarse ídolos para llenar el vacío espiritual de muchas vidas sin sentido. Para un observador no involucrado, por no ser ni hincha del Barça ni admirador de Messi, aunque tampoco imparcial, es evidente que entre ambos hubo una simbiosis provechosa. Messi le brindó a su club muchísimos goles de gran factura y colaboró para llevarlo a la cima del fútbol mundial; pero también el Barça le cobijó con toda su potencia mediática. Hasta Platini, antes de salir de la UEFA por malos manejos, clamaba que había que “proteger a Messi”, esa “protección” se valió del “buen saldo arbitral” que tenía su club según confesión de uno de sus dirigentes. Por eso pasaron cosas como estas: Messi le insulta a la madre del árbitro a voz en cuello, este, a un paso, pierde el oído y no lo sanciona; Messi da un bofetón a un contrario, el árbitro, a dos pasos, se queda ciego y tampoco; Messi se tropieza en el césped, el árbitro, a tres pasos, sanciona penal. Y así podríamos seguir. Varias de estas y otras jugadas no se podían ver con claridad (a veces simplemente no se veían en directo) porque la empresa encargada de la transmisión es propiedad de un socio del Barça.

París se paraliza, los fanáticos ponen a Messi sobre De Gaulle, su bienvenida supera a la de los Beatles… ¿Es esto racional? Los humanistas clamaban contra la “desmesura” en todos los ámbitos, desde la arquitectura hasta la admiración a alguien; los excesos en la sumisión llegan a la indecencia. Me encanta el fútbol, admiro a los grandes astros y sus jugadas magistrales, pero de allí a endiosar a una persona, a concederle privilegios abusivos, cuando ya ha recibido salarios fabulosos, hay un abismo que debemos  negarnos a cruzar, también por respeto a la dignidad de todos los seres humanos. Lo digo sin acrimonia,  ni despecho, ni rencor, como miembro de nuestra especie, nada más.

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