Mi experiencia en la Feria del Libro de Quito

Martín Riofrío Cordero

A inicios de este año, me llegó un mensaje a mi cuenta de El Lector Semiótico, un espacio que llevo desde 2020 en Instagram, donde hago entrevistas a escritores y escribo reseñas de literatura ecuatoriana y mundial. Era María Auxiliadora Balladares, curadora nacional de esta edición de la Feria del Libro de Quito. Me invitaba a participar en dicho evento, que de hecho, en este mismo momento se está desarrollando (del 8 al 16 de junio). La invitación me la hacía por mi faceta de bookstagrammer. Se me cubriría pasajes aéreos desde Guayaquil, estadía de hotel, y se me pagarían honorarios por participación. En mi caso eran dos eventos: 150 dólares por cada uno. Un total de 300.

El tiempo pasó y llegamos al mes de junio.

Me enviaron mis pasajes y la reserva del hotel.

Debo decir que mi experiencia como invitado nacional de la FIL fue excelente. Apenas me bajé del avión la mañana del lunes, me recibió personal del aeropuerto con un letrero con mi nombre. A la salida estaban miembros de la organización, quienes amablemente me llevaron a la van que me trasladaría al Centro de Convenciones Metropolitano, lugar donde se está dando la feria.

Luego, a las 3 de la tarde hice el check-in en el hotel. Un hotel muy bueno, por cierto. El mismo hotel donde se alojan todos los invitados de la feria, nacionales e internacionales. Sin distinción de categoría.

Mis dos eventos fueron martes y miércoles. El primero fue una conversación sobre cómic, donde estuve junto a Gabriela Vargas Aguirre, reconocida poeta, y Óscar Adán, escritor y guionista de cómics colombiano. Fui moderador. El segundo fue un diálogo sobre Kafka con motivo del centenario de su muerte, donde fui panelista e intercambié perspectivas con la escritora colombiana Gabriela Arciniegas.

Ambas mesas fueron presentadas por María Auxiliadora Balladares y salieron muy bien.

La organización de la feria, por su parte, se encargó de trasladarme al aeropuerto de Quito a mi retorno.

Ahora bien, lector. Te preguntarás por qué hago una enumeración detallada de mis actividades y participación. Lo hago porque a lo largo de estos días, desde antes incluso de que comenzara la feria, saltaron comentarios sobre la organización de la FIL. Algunos escritores se quejaron por la no invitación de figuras importantes de la literatura ecuatoriana, y también por la no inclusión de los autores que forman parte del catálogo reciente de sus editoriales. Además, se acusó de amiguismo a los curadores, dado que varios de sus amigos escritores formaban parte del evento. También se dijo que la feria tenía un claro sesgo correísta, debido a un par de mesas que trataban temas como el lawfare o la instrumentalización de las leyes. En fin, se dijeron y se dicen muchas cosas. Y así como todos los ecuatorianos -en particular los quiteños, pues fue financiada por el Municipio de Quito– tenemos derecho a emitir críticas sobre la feria, aquí va mi comentario.

Vamos por puntos.

Punto uno: es imposible invitar a todos los autores del Ecuador, o si se quiere de Quito, a una feria. En todo evento como este siempre hay una temática de encuentro y diálogo mediante la cual se hacen las invitaciones. De eso se trata una curaduría: hacer una selección de invitados que encajen con el formato, la estética, y los temas principales a tratar. Lamentablemente, no todos los escritores o actores culturales encajan dentro de una selección de esta naturaleza. Puede ser injusto, excluyente, pero así son las cosas. No hay cómo ponerse a llorar. Así es la vida.

Punto dos: los eventos por los cuales se le ha endilgado a la feria la acusación de ‘‘correísta’’, fueron impuestos por el Municipio. Basta nada más con revisar la programación de la feria para leer como, al lado de ellos, dice: ‘‘Actividad organizada por la Secretaría de Cultura del Municipio de Quito’’. No es necesario tener una mente prodigiosa para darse cuenta de que la actual administración de la capital está adscrita a la RC. Entonces, sí. Es válido preguntarle al municipio por qué han impuesto en una feria del libro temas como estos que no tienen nada o poco que ver con la literatura. Pero otra vez más: no es una decisión curatorial. Yo sé que a veces da pereza meterse a ver programaciones tan extensas como la de la FIL. Incluso a mí me dio un poco de pereza.  Pero si uno va a hablar tiene que hacerlo, de lo contrario puede ser rebatido con facilidad.

Punto tres: el amiguismo. Se ha acusado de amiguista a la curadora nacional de la feria porque, según leí en una publicación de redes, ha invitado a sus amigos ‘‘Sycorax’’. Yo me pregunto: ¿Entonces no hay cómo invitarlos? Creo que en una feria del libro de Quito sería un error no hacerlo. Muchos de ellos son varios de los escritores más importantes del país en la actualidad. ¿Qué sería una FIL Quito sin una escritora como Daniela Alcívar Bellolio? ¿Sin Andrés Cadena?  ¿O sin la participación de la misma curadora, María Auxiliadora Balladares, que hoy en día es una de las poetas más reconocidas y leídas del Ecuador? Creo que son gente a la que hay que invitar. Independientemente de las amistades. Además, según me confirmó la curadora nacional, ella cobró por la curaduría, pero no por las actividades en las que participó. Lo mismo ocurrió con los escritores que a su vez fungen como funcionarios públicos. Ninguno cobró un extra por sus actividades realizadas.

Punto cuatro: hoy leí -escribo el jueves esta columna- que la organización de la feria ha cancelado la presentación del libro ‘‘Chat grupal’’, de José Hidalgo Pallares. El motivo: uno de los presentadores, el comediante Iván Ulchur, hizo una broma sobre Palestina en un podcast de humor. El chiste causó polémica. Usuarios de X amenazaron con boicotear el evento si este se daba. La feria lo canceló aduciendo que prefería salvaguardar el buen ambiente y la paz dentro del recinto. Creo que pese a la postura política que tengas, la decisión es entendible: no puedes correr el riesgo de que se venga abajo toda una programación por la situación de un participante. La libertad de expresión es válida, sí. El humor negro, también. A mí me gusta cultivarlo con amigos. Pero también te tienes que hacer cargo de lo que dices, en especial si es sobre una situación tan delicada como lo que está ocurriendo en Palestina.

Punto cinco: se acusa también al curador internacional, Juan Cárdenas, de haber invitado a su pareja a la feria. La filósofa argentina Luciana Cadahia. O también de que la curadora nacional ha invitado a Fabian Darío Mosquera, académico colombo-ecuatoriano, jurado del Premio de Poesía Jorge Carrera Andrade que se le otorgó a un libro de Balladares en 2023, a manera de devolución de favores. Vuelvo a decir: no hay que tener una mente prodigiosa para percatarse de la calidad de ambos invitados. La primera, Luciana Cadahía, es una destacada pensadora latinoamericana, con libros y publicaciones en importantes espacios y editoriales como Herder o el Fondo de Cultura Económica. El segundo, un notable académico que tiene un doctorado en filosofía por la Universidad de Pittsburgh, ganador del Concurso de Periodismo Jorge Mantilla en dos ocasiones. O también se acusa a Juan Cárdenas de invitar a la agente literaria española Paula Canal, quien trabaja en la Indent Literary Agency, empresa que lo representa. Basta pegar una googleada para saber que Canal, aparte de ser una prestigiosa agente, durante 17 años trabajó como responsable de la venta de derechos de autor en Anagrama. Creo que a este punto, es evidente que estos tres invitados que he citado no son cualquier cosa.

Punto seis: Se habla también de que ha participado gente que no es parte de la programación oficial. Esto pasa en todas las ferias. Hay invitados y charlas organizadas por editoriales o instituciones privadas. Inclusive sucede en la de Guayaquil, que es la feria del libro más exitosa a nivel comercial del país.

Punto siete: Se criticó también que ha sido una feria donde ha primado el centralismo, que no se ha dado espacio a escritores y propuestas de otras provincias. Una vez más, basta revisar la programación y las redes sociales para enterarse de la presencia diversa de autores como Jeovanny Benavides -escritor manaba que acaba de ganar la Bienal de novela Eliécer Cárdenas-, Tuga Astudillo -escritor cuencano-, y del escritor y editor Alexander Ávila, quien con su sello Sur Editorial, afincado en la Amazonía, viene desde hace tiempo haciendo un trabajo valioso publicando a autores del oriente ecuatoriano. Así mismo, la edición independiente ha tenido un rol central. Resulta grato encontrar en los stands editoriales independientes de todas partes del país, algunas desconocidas para mí hasta ese momento. También,  el stand de Colombia trajo una gran selección de lo mejor de la edición independiente colombiana, con lo que uno puede encontrar libros y autores que nunca encontraría en las librerías del país. Y lo mejor de todo, a un precio razonable. En la FIL puedes encontrar libros de estas editoriales en precios que oscilan entre los 10 y 15 dólares. Cosa rara en el Ecuador, donde el precio promedio de un libro independiente importado va de los 20 dólares en adelante. Por un momento parece que la feria ha sido reducida a los escritores y a los conversatorios, y no. Una feria del libro es de igual manera un espacio de encuentro para conseguir libros y conocer propuestas emergentes.

Punto ocho: Es innegable que los invitados internacionales son de lujo: Piedad Bonnett, por ejemplo, recién fue galardonada con el Premio Reina Sofía de Poesía Iberoamericana. El poeta peruano Mario Montalbetti. Escritores como los mexicanos Emiliano Monge y Verónica Gerber, o el boliviano Gabriel Mamani Magne, son de los más importantes e interesantes autores que están publicando en español. Además, al ser Colombia el país invitado, trajo consigo grandes escritores que pude descubrir, como Luis Miguel Rivas, Andrea Mejía, o Gloria Susana Esquivel.

Punto Final: Las críticas son totalmente válidas. Las observaciones sobre un evento de esta magnitud, realizado con fondos públicos, también. Lo que sí salta a la vista y parece sospechoso es: ¿Por qué este ensañamiento hacia la feria? Claro que han habido ciertos errores, como el ruido en las salas durante los primeros días de la feria (situación que fue solucionada con brevedad: para cuando fue mi turno de participar, las charlas ya eran en el piso de arriba, en salas cerradas con buena amplificación). Pero creo también que los aciertos en esta edición son mayores. Además, recuerdo que muchos escritores, editores y libreros se quejaron de situaciones más graves y preocupantes en la feria del libro de Quito del 2022. ¿Por qué quienes ahora alzan la voz contra la FIL actual, no lo hicieron también en esa edición? ¿Acaso el ‘‘amiguismo’’ no sólo aplica para cuando se calla, sino también para cuando se habla?

Armar peleas y polémicas en un país como el Ecuador, donde se lee tan poco y es tan pequeño el mundo literario, es contraproducente. Estamos hablando de un medio en donde nadie se enriquece. Al contrario: muchos autores y editores ponen dinero de sus propios bolsillos para ver sus libros publicados.

Como actores culturales dentro de la literatura ecuatoriana deberíamos leernos y asistir a esta clase de eventos. Sin egos. Solo así podemos hacer que la situación de los escritores y del mundo editorial en el país sea un poco más sostenible y saludable.