Juzgar al padre

Martín Riofrío Cordero

Hace tres años murió mi padre. Para ese momento, no tenía buena relación con él. De hecho, hacía un año que nos habíamos peleado y yo había dejado de hablarle. Él intentó acercarse algunas veces, pero yo estaba tan molesto que en ninguna de esas ocasiones permití el acercamiento o una posible reconciliación. Por eso, cuando murió en 2021, pensé que no me había afectado. No es que no se me hiciera fuerte la noticia.  Sino que tal era mi resentimiento, que cualquier indicio de lástima o tristeza, por breve que pareciera, era reemplazado automáticamente en mi mente por recriminaciones. A cada buen momento que recordaba, saltaba alguna experiencia desagradable. Así juzgué a mi padre.

Con el tiempo, sin embargo, comencé a extrañarlo. Cualquiera que tenga una noción básica del duelo -visto desde la psicología- sabe que existen 5 fases del duelo: negación, ira, negociación, depresión y aceptación. Hay quienes nunca logran superar todas esas etapas. Hay, incluso, quienes se quedan para toda su vida anclados en una sola. Cuando pensé que su muerte no había causado nada en mí, salvo el sentimiento de lástima por no haber tenido un mejor padre, o el recurrente pensamiento de que él se había ido de este mundo debiéndome algo, estaba habitando la ira. Pero como todo lo que se acumula rebalsa o explota, exploté. Me di cuenta de que su muerte sí me había afectado. Entonces tuve la necesidad de hacer las paces. Llamarlo ya era muy tarde, así que lo único que pude hacer es ir a terapia.

Fue en ese momento de asimilación que llegó a mí ‘‘Madre de corazón atómico’’, el último libro de Agustín Fernández Mallo. El título, cabe aclarar, poco tiene que ver con su contenido. Toma el nombre de un álbum de Pink Floyd: ‘‘Atom heart mother’’. En él, habla de la relación que tuvo con su padre. En diferentes capítulos, nos narra en episodios alternados entre la vida familiar y la reconstrucción del pasado de su padre. Lla historia de una veterinario rural a quien un día le encomendaron una misión: ir a Estados Unidos para buscar una raza de vacas específica y llevarlas a España. Todo el libro es una bella disertación sobre un padre y un hijo. No obstante, hay un aspecto de esta novela autobiográfica que me llamó la atención. Durante todo el espacio temporal que su padre estuvo con vida, Fernández Mallo siempre le recriminó no haber sido tan introspectivo con él. Pocas veces o ninguna le inculcó una idea. Tampoco era muy abierto a decirle a él, como hijo, lo que pensaba de ciertas situaciones.

Mi caso es distinto. Las razones por las que tuve esta separación con mi padre, previa a su muerte, también.

Lo que sí nos hermana, a Fernández Mallo y a mí. y creo que también puede hermanar a todos los hijos del mundo, es la siguiente conclusión: no nos corresponde juzgar a nuestros padres. Hay muchas cosas que uno ignora, sobre todo de su vida pasada, que han configurado sus maneras de ser. Y aunque las cosas que atormentaron a mi papá en vida no eran culpa mía, me di cuenta que tampoco tengo por qué llevar su culpa conmigo, menos sentir resentimiento.

Resulta difícil no juzgar.

Pero es mejor.