Hay que leer a Alice Munro

Martín Riofrío Cordero

El pasado lunes 13 de mayo nos despertamos con una triste noticia: Alice Munro, Premio Nobel de Literatura 2013, había muerto a los 92 años. Quizás para algunos era un nombre desconocido. Colmado de importancia por su presentación: ‘‘Premio Nobel’’. Para sus lectores, en cambio, fue un golpe duro. Pues aunque si bien es cierto que permanecìa ya varios años retirada de la escritura, siempre es duro que alguien que nos inspira o a quien admiramos ya no esté con nosotros. En mi caso, descubrí la literatura de Munro hace un par de años, en un taller de cuento. Y fue luego de leerla que dije: ‘‘¡qué mejor manera de aprender a escribir y a leer cuentos que leyendo a una autora como esta!’’.

Estamos hablando de una escritora que a lo largo de su trayectoria cultivó un sólo género: el cuento. Una apuesta arriesgada no sólo para el mundo de antes, sino también para el de ahora. Los lectores, en general -y eso se demuestra cada vez que uno ve las listas de los libros más vendidos- prefieren las novelas. Pero no estamos hablando de algo menor. El cuento puede ser incluso más complejo porque, a diferencia de su hermana narrativa -la novela-, exige mayor precisión. Eso es lo que encontramos en los cuentos de Alice Munro. Una obra profunda, capaz de calar en lo más hondo de la condición humana. Cuentos repletos de saltos temporales y omisiones sólo dignos de los grandes maestros narrativos. Porque eso es Munro: una gran maestra.

Justo ayer estaba leyendo uno de sus cuentos: ‘‘Dimensiones’’, y no pude evitar pensar en que es una prueba inminente de lo que digo.

El cuento sigue a Doree, una mujer que trabaja arreglando las habitaciones de un motel. No obstante, lejos de toda apariencia, ella guarda un trágico pasado: su esposo era Lloyd, un hombre posesivo y controlador, que un día, tras una discusión con su esposa y en un arranque de locura, mató a sus tres hijos. Ella lo descubre cuando llega a la mañana siguiente y lo encuentra a él sentado en la entrada de la casa. ‘‘Será mejor que no pases’’, dice,  pero no le pone mayor resistencia. Entonces ella entra y ve los cadáveres de sus hijos.Esta escena -y en eso radica la grandeza de Alice Munro-, no está descrita a textualidad. En ningún momento hay una descripción literal de la muerte. Munro hace que nosotros mismos, como lectores, nos demos cuenta de eso. Lo sugiere.

El cuento sigue, y es mucho más que el crimen y la muerte de los hijos. Sin embargo, es esta parte la que me interesa porque demuestra algo importante. Vivimos en una época donde el amarillismo de la prensa y las redes sociales gana cada día más terreno. Todo parece que necesita estar descrito con violencia para causar sensación en nosotros.

Ya nada parece impresionarnos.

Munro nos demuestra que esto no es necesario. Bastan pocas palabras, precisas, para impactarnos. Para conmocionarnos y no dejarnos indiferentes.

Hay que leer a Alice Munro.