Eloy Alfaro y el Metro de Quito

Martín Riofrío Cordero

A finales del siglo XIX, en medio de una economía todavía feudal, Ecuador se veía imposibilitado a pensarse como un gran y único país. El motivo en cuestión de que esto sucediera, eran las largas distancias que los ecuatorianos tenían que recorrer para ir de una ciudad a otra. Un viaje de Quito a Guayaquil, por ejemplo, que hoy en día se hace en avión menos de una hora, o en carro menos de diez, duraba entre diez y quince días. En este contexto, el ferrocarril surgió como una solución. Sin embargo, como es natural cuando de grandes cambios se trata, salieron a relucir las disputas. Por un lado, los conservadores de la época se oponían a la construcción de la obra. En palabras de Simón Espinosa Cordero, era porque la -Iglesia Católica pensaba que el tren podía ser ‘‘el camino del diablo’’. Pues se temía que al conectar con mayor facilidad un punto con otro, de la misma forma y con la misma facilidad, fluirían costumbres pecaminosas e ideas impías. Además, los liberales burgueses no querían que Eloy Alfaro ganara prestigio con el tren. En Riobamba, en cambio, como contaba hace ya algunos años Oswaldo Albornoz en un texto publicado en El Comercio de Quito, hubo también oposición a su construcción. El argumento de quienes estaban en contra, era que el ferrocarril destruiría los trabajos de los arrieros que hasta esta fecha, se dedicaban a transportar carga de la Costa a la Sierra.

Aún así, contra viento y marea, Alfaro siguió en esta controvertida empresa, y de este modo, la primera locomotora llegó a Quito el 25 de junio de 1908.

Siempre alguien tiene que pagar el precio del progreso. Esta no ha sido la excepción.

Más de un siglo después, el metro de Quito por fin ha llegado. Quizás un poco tarde al concierto de las metrópolis latinoamericanas, pero ya está aquí.

Algunos sectores se han opuesto. Los transportistas no se muestran abiertos al diálogo. Temen perder dinero, beneficios, rutas. Ciertos urbanistas cuestionan sus costos. No obstante, la apertura del Metro de Quito es una obra que marca un claro precedente en nuestro país: el de modernizar las vías de transporte, y, —¿por qué no?—, cuestionar cómo ha sido hasta ahora nuestra relación con la ciudad. Sin duda hay que dialogar con todos los actores que entran en juego para llegar a acuerdos y soluciones. Pero es innegable que, al igual que el ferrocarril favoreció mucho al comercio, a la integración regional, y la aparición de verdaderas relaciones salariales en la sierra, con el metro también habrá cambios significativos en todo el país. El tiempo, la seguridad, la posibilidad del encuentro entre todas las clases sociales.

Eloy Alfaro estaría contento. No sólo liderando el proceso, sino también, quién sabe, operando como maquinista del metro.