No es mi problema

Lorena Ballesteros

En la vida nos encontramos con personas que ejercen distintos tipos de liderazgo, sea en instituciones públicas, privadas, o incluso en el ámbito familiar o personal. Hay quienes lo hacen con empatía, siempre poniéndose en los zapatos del otro; pero también existen aquellos que solo alcanzan a mirar alrededor de su metro cuadrado. Esas personas déspotas, que piensan que todo inicia y termina con ellos son las que traban nudos en nuestra sociedad. En nuestro país, para muestra un botón. Los años del correísmo nos mostraron los verdaderos colores de este ejercicio de dominio y control.

Se disfrazan de prácticos o pragmáticos, bajo el lema “no me cuentes tus problemas, proporcióname soluciones” y, sin embargo, con soluciones se refieren exclusivamente a las situaciones que les conciernen a ellos directamente. Lo que pueda suceder a sus subalternos, amigos o familiares, les tiene absolutamente sin cuidado, siempre y cuando no afecte su propio bienestar. Porque cuando les afecta, ¡mama mía! Huyan porque la fiera muestra sus garras.

Por lo general, las personas egoístas son además manipuladoras. Utilizan la práctica de la manipulación para conseguir lo que desean, sin importarles lo que puedan comprometer o a quienes puedan afectar en el camino. No te quepa duda, que, si algo recibiste de ellos, a la vuelta de la esquina te lo echarán en cara.

Además, se rigen por el rencor. No saben soltar ni perdonar. La vena inflada es su insignia. Difícilmente se alegran por la felicidad o el éxito ajeno. Pero, son astutos. Saben muy bien cuándo ponerse la careta de corderos o la de príncipes encantadores, cuando en realidad no son más que encantadores de serpientes.

Lastimosamente, más allá de don Rafa —déspota al cual todos los ecuatorianos hemos debido soportar—, también he debido lidiar, en más de una ocasión, con otros personajes de este temperamento. Debo admitir que, con alguno, incluso más veces de las que quisiera. Aunque, con el paso del tiempo, he aprendido a vestir de teflón y dejar que su comportamiento me resbale. Pues finalmente, hace tiempo que tuve la valentía de delimitar una considerable distancia entre los dos. Por eso, les insto a que hagan lo mismo. No permitan que ningún déspota o egoísta intente regir sus vidas personales o laborales. Quizás así, incluso seamos más coherentes al momento de elegir a nuestros líderes nacionales.

Les puedo asegurar que con el paso de los años lo que se va sintiendo es lástima. Porque ¿se puede estar bien o ser feliz pasándose por encima de los demás? ¡Lo dudo! La cosecha viene de lo que se siembra y cuando se vive bajo la consigna de “lo que te pase a ti no es mi problema”, se va forjando un camino de soledad, una que luego tampoco será nuestro problema.